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domingo, 17 de abril de 2016

FOTO DUPLICADA



La copia de la foto que llevaba en mi cartera estaba tan deteriorada por el roce y el paso de los años que la imagen aparecía difuminada y sus bordes ajados.  Después de pensarlo mucho decidí buscar los negativos y realizar otra copia.  No quería olvidar su rostro. Desde su muerte a tan temprana edad,  su imagen se iba desvaneciendo de mi memoria.
Busqué en ese cuarto infantil de muebles y estanterías polvorientas, abandonado desde hacía dieciséis años.  Al fin, en el fondo de un cajón, encontré los negativos. Eran las fotos en las que capturamos, detenidos en el tiempo, sus primeros pasos.  En ellas aparecía mi hija con apenas veinte meses  sobre una hierba de un color verde, tan intenso e irreal, que parecía pintada con rotuladores brillantes. Una nube de algodones de dientes de león revoloteaba alrededor de sus cabellos rubios dándole un aspecto mágico a la escena. Nuestra pequeña nos regalaba esa sonrisa infantil que desarma, esa mirada inocente que sólo poseen a esa edad.  No abrí el sobre cuando fui a recogerlas, quería verlas a solas, recrearme en el dolor de la pérdida y revivir los recuerdos de aquel día yo sólo.
María había oído el ruido de la puerta al cerrarse.  Sabía que su marido habría llegado con las copias de las fotos.  Ella le había pedido que no las revelara, pero agotada ante su insistencia, había cedido y quería volver a verlas.  Quizás él tuviera razón.  Los dos habían superado su adicción al alcohol y debían continuar cerrando heridas.
Se dirigió al despacho en su búsqueda. Cuando entró apresurada lo vio, y el dolor volvió a rasgarle las tripas. Su marido estaba hundido en su sillón, con los ojos abiertos y la mirada perdida, inmóvil, posando ante la muerte.  En el suelo, la foto de una joven rubia, rodeada de una nube de dientes de león, se encontraba en un prado de hierba de un repugnante verde intenso, desde dónde les dedicaba una mirada oscura de inmensa furia.Entonces lo supo, supo que su pequeña había crecido y no les había perdonado que la olvidaran en el coche al sol en el parking de aquel bar de carretera.



martes, 22 de marzo de 2016

INVISIBLES

Era un callejón invisible para los transeúntes en el que conviven ratas, una camada de gatos y algunos perros callejeros. Se alimentan de los restos de un restaurante y calman su sed en charcos perpetuos porque el sol no entra en él para evaporarlos. Dormitorio eventual de mendigos que buscan un lugar donde la luz no visibilice su indigencia. Un lugar alimentado de sombras donde pasar desapercibidos.  Huyen de ojos que no quieren ver miserias. Allí, una pequeña desharrapada de cuerpo menudo comparte residencia con sus habitantes.Se esconde entre los contenedores donde echa los desperdicios un opulento restaurante del casco viejo.
Apenas recuerda como acabó allí, en una ciudad de voces que no entendía.   Una turba aterrorizada la arrancó de las manos seguras de su madre.  Zarandeada de un lado a otro, acabó en un olvidadero de niños que gritaban en lenguas confusas. Escapó huyendo de la violencia que el hambre genera. Se esconde porque no quiere volver a ese infierno. Decidió callar y el silencio la enmudeció.  Olvidó su nombre, el sonido de su voz y su lengua materna. El recuerdo de su lugar de origen le llega frío, cortante y en ráfagas como el efecto del viento en un túnel.  No quiere dormir, si cierra los ojos, sus oídos se abren y a su sueño le acompaña el terror del silbido que precede a la destrucción.

Allí, entre los contenedores, espera los desechos del restaurante para poder saciar el hambre.  Ese callejón le proporciona invisibilidad, comida y bebida como al resto de sus habitantes. Hoy hubo suerte, un tesoro en forma de migajas de pastel de chocolate cayó en sus manos.  Lo comienza a engullir en estado de alerta. Atenta a cualquier sonido que le indique el peligro de un temido retorno al olvidadero, escucha el maullido lastimoso de un gato, y observa como el animal se acerca renqueando; huele su rico manjar.  El pobre no está mucho mejor que ella.  Arrastra una pata y le falta el pelo de la cabeza, algunas costras resecas cubren su lomo en el que se dibujan sus costillas.  El pobre animal apenas tiene fuerzas para acercarse más. La pequeña tensa el cuerpo dispuesta a defender su tesoro.  Pero algo en ella le hace cambiar de actitud y le tiende una miguita del pastel con precaución.   El gato ronronea sin fuerzas, ignora la mano y con gran esfuerzo, se sube a su regazo buscando acomodo y se queda en él.  La pequeña no sabe qué hacer.  Enternecida insiste en dar de comer al pobre bicho, pero el gato rechaza el manjar, sólo emite un triste y quedo lamento semejante al de un bebé. El llanto le trae un lejano recuerdo que la entristece. La tensión del miedo desaparece para sentirse tan agotada que comienza a llorar con él.Abandona los restos de la comida en el suelo y se arrebulla con el gato buscando calor. Su callejón protector es ahora más frío y húmedo que nunca, echa de menos a su madre, su voz, la luz y el calor del sol.  Ambos se dejan llevar por la somnolencia y se quedan dormidos en un sueño reconfortante del que no volverán a despertar.

viernes, 4 de marzo de 2016

PESCA



Era otro día de pesca más.  El barco salió como cada atardecer con la primera oscuridad. La última y amarillenta claridad del día manchaba las primeras tinieblas de la noche.  Solo dos marineros gobernaban la embarcación. Llevaban las redes desplegadas como alas de mariposa y los faroles preparados para deslumbrar a los peces,  con el agravante de nocturnidad; como dos ladrones robarían al mar a sus habitantes más inocentes, aquellos que vagaban por sus aguas con la inocencia de quien descubre cada tres segundos un nuevo paisaje. ¡Como contenerse y no correr detrás de esas luciérnagas que parpadean en la superficie!

La noche naufragaba en el horizonte marino y esos malhechores huían de nuevo con el botín. El mar enfurecido invocó a los elementos. Vientos, tormentas, rayos y truenos sumergieron la embarcación en el fondo marino liberando a sus rehenes.  Los dos marineros se convirtieron en comida para sus habitantes. 

jueves, 11 de febrero de 2016

CASA DE MUÑECAS



La ambulancia volaba. La sirena atronaba por una avenida de casas grandes que habían conocido tiempos mejores. Caserones que poco a poco fueron abandonados por sus moradores o muriendo con ellos, ya quedaban muy pocos habitados. Las decrépitas mansiones daban tranquilidad a los caducos y escasos ocupantes del barrio.

La llamada a la central era clara. Alguien se encontraba en "parada" y era urgente conseguirle atención médica.  Víctor, el médico, y sus dos técnicos sanitarios cruzaron el abandonado jardín de la entrada. Penetraron en la casa deprisa, acarreaban el material médico buscando a la persona afectada.  Víctor preguntó de forma apremiante a la mujer que les había abierto la puerta, dónde se encontraba el enfermo.  Apenas captó, de refilón, los colores chillones del estampado de una bata brillante, que reflejaba la tenue luz de una bombilla solitaria. Las palabras de la mujer sonaban arrastradas e inconexas indicando el piso superior. Algunas sombras huidizas se movían detrás de ella. Víctor subió las escaleras de dos en dos. En lo alto de la escalera una cría con el rostro húmedo por las lágrimas le indicó el fondo del pasillo de la derecha.  En ese momento algo le turbó, pero la necesidad de atender la urgencia le hizo rechazar el desasosiego.  El pasillo largo apenas tenía luz, media docena de puertas a ambos lados, solo susurros y el sonido lejano de una antigua gramola, salían de ellas.  Al fondo otra mujer cubría su desnudez con un viejo mantón y abrazaba con fuerza a una pequeña que lloraba desconsolada.  Le hacía gestos indicándole el interior de la última habitación.  En un par de zancadas llegaron los tres y entraron apresuradamente. De forma competente comenzaron a atender el cuerpo desmadejado e inconsciente de otra joven.  Víctor tomó sus constantes vitales e intentó captar algo de vida en el cuerpo de una niña de unos once años. No era capaz de valorar su edad, el maquillaje de su cara le daba el aspecto de una joven adulta, pero su desnudez era el de una chiquilla que apenas había alcanzado la pubertad.  En esa cama de sábanas revueltas solo quedaba un cuerpo frío sobre una mancha espesa con el olor metálico de la sangre seca. La realidad sacudió a Víctor con sus ojos fijos en el lecho.  Volvió la turbación y el desasosiego cuando recordó a la niña del final de la escalera y la vio, de nuevo, medio desnuda, maquillada como una máscara. Al igual que a la pequeña de la puerta con la pintura de los ojos recorriéndole el rostro por el llanto. En un segundo todo tomó sentido y supo donde se encontraba. Estaba mirando la muerte de una muñeca, en una casa de muñecas.

martes, 9 de febrero de 2016

DE UN VERDE INTENSO


Como en un sueño huyo a esa realidad de colores verdes intensos dónde la polución y el ruido no me persigan.  Escapo a algún lugar que me recuerde esa naturaleza que no veo por esa ventana sin cielo, de colores grises y líneas rectas que atrapan a la gente en cajas uniformes. Rectángulos que te transportan de un cubículo a otro sin ver la esencia de algo vivo y salvaje.  Cierro los ojos para ver sauces llorar cataratas, mientras vuelan buscando otro lugar que habitar.  Me escabullo entre las esquinas de mi caja para anidar en huecos de troncos que den calor. Aprieto los ojos fuerte, muy fuerte. No quiero volver a esta realidad gris.  Quiero quedarme en mi árbol, desde sus ramas puedo ver lejos, muy lejos, y abrigarme con sus hojas oliendo la humedad, empaparme en su llanto, bañarme en él y después vestirme de verde intenso. 

martes, 26 de enero de 2016

VESTIDOS DE TAFETÁN




El sonido del tafetán negro  de sus amplias faldas silenciaba,  al moverse,   los chismorreos  de las tres  comadres.  Su porte estirado  conseguía acallar el murmullo de sus vestimentas, que se retorcían levemente y gemían, atrapadas en aquellos cuerpos secos. Entre susurros  adoctrinaban y juzgaban, como doctoras de su iglesia, el comportamiento de su vecindario.  La tela de sus vestidos se esforzaba en acallar los inmisericordes comentarios.  Las costuras se retorcían y oprimían sus torsos vacíos de piedad.   Aquellos tristes ropajes se teñían de oscuridad, envolviéndolas,  cobijando su falta de compasión.   Las tres comadres encorsetadas dentro de sus vestidos de viudedad, cada vez mas oprimidas, asfixiadas por sus vestimentas, ahogadas por sus comentarios, murieron.
  
Tres trajes mortuorios envuelven, ahora, en tres tumbas, a tres comadres inmisericordes.

lunes, 11 de enero de 2016

BOTELLA PIRATA



La botella apareció en la playa, las olas la abandonaron suavemente sobre la arena.  Los niños alborotaban divertidos con el hallazgo y se la pasaban alegres de mano en mano.  Jugaban a piratas y la botella llenó de magia el juego de todos los días.  En su interior no había ningún papel, ningún mensaje, ningún mapa del tesoro, sólo una pequeña figurita de madera que parecía un pequeño marinero tallada de forma tosca.  Las expectativas pasaron a decepción y los niños perdieron el interés.  Al caer la tarde se fueron marchando, de uno en uno se fueron retirando de la playa, recogiéndose en sus casas al calor de sus cómodas camas y soñar con aventuras en lejanos mares, dónde descubrir nuevos paisajes. Nuevos juegos con los que disfrutar junto con sus amigos en esa cercana playa.   Todos menos uno. Uno que consiguió tener al pequeño marinero en sus manos y lo acompaña rumbo a otra playa.


sábado, 2 de enero de 2016

LA NIÑA DEL FARO



Cada mañana salía a hurtadillas. Se levantaba temprano y dejando el calor  de su jergón colocado junto al fogón de la cocina.  Huía del desapego, de ese vaso de leche cruda que vomitaba.  Mientras, la familia del farero dormía en las habitaciones del piso superior, cuando se despertaban no la echaban de menos.  La pequeña de siete años, de pelo enmarañado y mirada huidiza se deslizaba silenciosa seguida del perro de la familia. No seguía el camino de escaleras que unía la casa con el faro de forma segura,  subía descalza por las rocas entre los nidos de gaviotas.  Sin miedo a la altura ascendía rápida la abrupta pared. Le gustaba más ese camino, sentir como las corrientes de aire la empujaban hacia arriba y como el aleteo de las gaviotas sobre su cabeza la despeinaba.  Contemplar ese paisaje le hacía sentirse libre.  El perro la seguía trastabillando.  No abandonaría a su compañera de juegos. Su destino era llegar a pie del faro, y sobre una roca  del saliente más alto sentarse a observar en silencio el mar.  
Desde ese punto abarcaba toda la entrada a la ría.  Permanecía absorta e inmóvil con la mirada perdida  en el horizonte.  El perro de mil leches se tumbaba con el hocico pegado a la chiquilla y dormitaba recuperándose de la subida. Barcos de carga,  entraban despacio, deslizándose con calma como si les doliera irse y volver.    Los pequeños barcos pesqueros salían y entraban en tropel a primera hora de la mañana y al final del día, como si la falta de luz fuera un conjuro que pudieran hacerlos desaparecer en el mar.   
Con el faro a su espalda miraba  en una orilla de la ría el pueblo pesquero y enfrente, el puerto de descarga, dónde finalizaban las vías de la red ferroviaria.   Eran  un caótico entramado de ramificaciones llenas de vagones que esperaban su mercancía.  En el centro del laberinto había un establecimiento que atendía a estibadores, ferroviarios y pescadores en sus necesidades servían comida y bebida en el piso inferior. En el piso de arriba calmaban su soledad por unos pocos billetes. 
Encontraba en el movimiento del agua del mar historias fantásticas que se desarrollaban como películas de grandes aventuras.  Los barcos que surcaban esas aguas eran viajeros, héroes que volvían con llenos de presentes mágicos que la acompañaban en sus horas llenas de silencios.  Viajaba con ellos sobre una gran llanura de agua que la llevaba lejos, muy lejos de aquel faro.

  El día se apagaba anunciando la hora de volver   con la familia del farero, a una escudilla de gachas en el jergón, mientras el perro se enroscaría  a su lado.  Al fin y al cabo ese había sido el sitio del animal y ahora lo compartía con ella.

lunes, 2 de noviembre de 2015

LA BEBÉ

No quiso verla,  ni sentirla.  La comadrona insistió, pero ella perseveró en no querer contemplar  a su bebita.  En el silencio de la noche el llanto la llamaba.  Como una sonámbula la  observaba a través de la cristalera de neonatología.  Mirarla la llenaba de ternura.  Sabía que tenía que alimentarla y lo que ello implicaba. Sentada en el sillón hospitalario se la acercó al pecho y comenzó a amamantarla.  Un grito desgarrador atravesó el silencio. La enfermera  contempló como la madre muerta mantenía entre sus brazos a su pequeña, que succionaba, engullía satisfecha los pechos descarnados de su  madre. 

lunes, 8 de junio de 2015

ESA BOCA



Le miraba la boca de forma obsesiva, la veía mover los labios articulando palabras, pero él solo escuchaba el bombeo de su sangre en la cabeza consecuencia de una respiración acelerada.  Esos labios carnosos, que formaban un pequeño corazón cuando sorbía despacio de la pajita del refresco.  Seguía hablando de algo que él no conseguía llegar a comprender.  Intentaba concentrar toda su atención en lo que ella decía pero su mirada volvía una y otra vez a los movimientos de sus labios.  Dios, ¿qué le estaba pasando?  La punta de su lengua asomó tímidamente para capturar delicadamente la pajita y seguir bebiendo.   Cerró los ojos porque no podía controlar ni su respiración ni las ganas de atraerla sobre sí y besarla, comer esa boca que lo tenía enloquecido desde que se habían sentado en ese banco del parque y habían comenzado a charlar de forma casual y distendida, con la confianza que solo se tienen dos desconocidos que no se van a volver a ver.
Él abrió los ojos sobresaltado al notar como ella, de forma ágil y rápida se había colocado sobre su regazo.  La bella desconocida notó como el cuerpo de su compañero reaccionó de forma tan violenta que tensionó los músculos cuando ella descargó su cuerpo sobre sus piernas y despacio, regalándose en el momento, vio como aquella boca que deseaba hasta el dolor, fue acercándose.  Ella, justo antes de rozar labio contra labio, solo le susurró un "lo siento" para luego sumergir sus labios en los de él.

El beso profundo y hambriento les colmó de placer, los roces sus alientos confundidos se respiraban el uno al otro como si no fuera a haber un mañana.  Y así era para uno de los dos. Ella con cada roce, con cada succión, con cada incursión de su lengua le absorbía la vida, porque ese era su alimento, vivía de aspirar la pasión de un hombre dándole la felicidad en un beso que le dejara sin respiración. Era el destino de una súcubo. El murió feliz, ella seguía hambrienta.

domingo, 22 de febrero de 2015

DE UN ROJO INTENSO


Brillaba húmeda ,de un rojo intenso, perfecta en su redondez.  La sostenía entre sus dedos temiendo aplastarla.  El aroma de la fruta inundaba su imaginación, evocando imágenes de arbustos repletos de frutos silvestres.  Los olores de un bosque de colores intensos y salvaje  le llegaba según le acercaba el arándano a los labios.  Unos labios, expectantes y ligeramente entreabiertos, temblaban.  Sentía, sin tocarla, su presencia. El olor fragante de su aftershave le hacía sentir como se elevaba su temperatura corporal sin poder controlarse. Poco a poco, su respiración iba acelerándose. Inspiró con fuerza y la sensación de inseguridad le hizo apretar los labios. Tenía los ojos tapados por la suave corbata de él y que, nada más entrar, le había colocado.  Se sentía insegura, quería que esta vez fuera diferente pero el ambiente, los aromas, le provocaron un estado alterado de conciencia desde el primer momento.  Dejó de ser ella misma para que sus instintos tomaran el control de su existencia.  Solo había llegado a ver una chimenea encendida y en el suelo, delante de ella, una champanera y una bandeja con unos pastelitos de aspecto delicioso que no alcanzó a ver bien.  Su voz  la trajo a la realidad del momento, le resultaba contradictoria; era calmada, grave y suave. Pero su transfondo tenía un ruego imperativo, al cual no era capaz de negarse.  ¿No era capaz? ¿O no quería?
-Confía-  El sonido de su voz le llegó de forma hipnotizante. Notaba el olor ácido del fruto del bosque, mezclado con el dulzón aroma del almíbar. Y esta vez, al entreabrir los labios, notó que su lengua, tímida al principio, se aventuraba a asomar entre sus labios, que ahora empezaban a humedecerse con la primigenia sensación de uno de sus instintos más básicos.  

Él la contempló durante un par de segundos, en los que el tiempo se deslizaba suavemente, alargándolos.  Contemplaba esos labios que se mostraban ansiosos  y que,  ahora, de forma hambrienta, ofrecían el fruto carnoso de su interior,  sugerían un mundo de sensaciones. Era tan apetitoso que se dejó llevar y lo atrapó con su boca para saborearlo poco a poco, despacio, notando la creciente humedad de sus bocas ante tan sabroso manjar.  El jugo de el fruto silvestre se mezcló con el sabor de la boca de ella, con un contraste que lo enloqueció. El suave olor de almendras lo enervó de tal manera que no pudo contenerse y, cercándola entre sus brazos,  la apretó contra su cuerpo para poder sentirla cerca y perderse en ella de forma tan intensa que cuando el primer pinchazo de dolor en el estómago lo dobló, no supo que le pasaba y, desconcertado, cayó.  Entre intensos dolores y con la respiración colapsada,  dando sus últimos estertores en el suelo a los pies de ella, murió.  Ella deslizó la corbata y la dejó caer sobre el cuerpo yaciente, contemplando la escena con una sonrisa fría en su cara.  Se limpió con cuidado el carmín de los labios, bebió un largo trago de cava y se comió despacio la fruta, mientras se deleitaba contemplando el magnífico cuerpo de su víctima, duro y musculado.  El rictus de su boca le recordó ese último beso y delante de la chimenea sobre la alfombra se desnudó despacio, se acarició primero suavemente, para ir elevando, poco a poco, el ritmo de sus manos y sus dedos sobre su piel, hasta llegar al clímax. Otra vez  volvió a tener esa sensación de no ser ella misma, como si se desdoblara; otra vez la dama de San Valentin tomó el control y había cobrado su pieza.   

EL PEQUEÑO MONITO



La niña tenía la nariz pegada al escaparate de la tienda de animales del nuevo centro comercial.  Miraba ensimismada con una sonrisa en la cara.  Los ojos abiertos mostraban la curiosidad y la expectación de quien ve algo sorprendente y exótico.  Seguía maravillada los gráciles y ágiles movimientos de los pequeños macacos.
Poco después caminaba hacia su casa con un tití pigmeo de no más de 15 cm que su madre le compró en la parte trasera de la tienda, donde el dependiente había hecho un buen negocio. Él sabía que en cuanto la niña viera el tití, lo podría vender por un pastizal.  Había conseguido traerlo de forma ilegal y lo tenía en la trastienda, compartiendo jaula con los monos nigerianos.
Poco podía saber su madre que aquellos juegos alegres de su hija de 5 años, en una habitación llena de peluches y papel pintado con imágenes del animal favorito de la pequeña, se tornaría en tragedia.
El tití murió a los pocos días y pensaron que la niña cogió el catarro a consecuencia de su tristeza.   Poco a poco ese catarro se convirtió en una gripe que se extendió entre los compañeros de la clase de la pequeña.  Sus profesores y el resto de los padres fueron cayendo después, ante esa gripe mortal.  Para cuando las autoridades sanitarias fueron conscientes del brote de Ébola, el vendedor de animales exóticos había cerrado la tienda por defunción.





martes, 27 de enero de 2015

MESAS ABANDONADAS



Contemplo las mesas de madera húmedas bajo el cielo plomizo de un invierno frío y gris.  Mesas tristes abandonadas por familias que buscan la felicidad en paisajes  preparados como escenarios de un anuncio publicitario. Miro alrededor buscándolos y no los veo, giro sobre mis talones y giro sin verlos.  ¿Dónde está mi familia feliz? ¿Dónde mis dos pequeños? ¿Dónde aquel  que me amaba?  Perdí el mundo, la gente desapareció.  Mis ojos solo ven un lago plano e inmóvil y unas mesas vacías.  Volveré a casa.  Pero en la quietud del paisaje sigo inmóvil girando sobre mí  eje.

 Intento buscar en mi memoria la imagen del último recuerdo feliz y buscarlos allí.   Y La visualización fue dolorosa.  Vi a mis pequeños llorando. La mirada iracunda en un rostro desencajado del que creí que me amaba.  Note el suelo helado contra mi rostro como una lápida, mientras  la vida se escapaba de forma húmeda y caliente. Vi la ira en tus ojos y el cuchillo en tus manos teñidas en rojo.  Por fin recordé por qué os buscaría sin encontraros. Porque estaba muerta.   

viernes, 2 de enero de 2015

EL CARRUSEL



La música era ensordecedora y las luces de colores iluminaban la feria como si fuera un día de verano a pesar de que era el anochecer de una tarde invernal. Olor a manzanas bañadas en caramelo y algodón de azúcar, superado por el tufo del aceite quemado de churros y roscas de aceite.  El carrusel giraba alegre con sus carros de alegres colores, caballitos de largas crines y criaturas mitologías; unicornios blancos, pegasos de alas poderosas, incluso hermosas sirenas que atraían a los niños como moscas a la miel.  Lástima que algunos no consiguieran salir de él.

En el centro del carrusel, en su más oscuridad profundidad, su alma se alimentaba de ellos.

jueves, 6 de noviembre de 2014

LA CAJA DE MÚSICA



Arropada cálidamente debajo de mi edredón disfrutaba de un sueño evocador del que te despertabas descansada y feliz.  Poco a poco la ensoñación se disipaba, para oír otra vez de forma lejana el sonido de la caja de música. Las últimas noches se ponía en funcionamiento sola; tenía muchos años y el resorte que sujetaba la tapa se soltaba y el mecanismo se ponía en marcha. Tenía que arreglarla, pero me retraía hacerlo.  Relacionaba con la música el sueño recurrente de las últimas noches, en el que bailaba por toda la casa al compás del sonido de  la caja, regalo de mi abuela. Era tan intenso   que me resistía a despertar para ir a cerrarla. Cuando ocurría no podía evitar sentir añoranzas, por toda una larga carrera de bailarina,  llena de éxitos y de recuerdos. Contemplaba mis fotos de todos aquellos ballets que había interpretado y que inundaban mi casa. La danza me realizó como persona, era algo más que un medio de vida, me hacía feliz. Fue mi profesión durante años. Amaba bailar. Y cuando soñaba que bailaba, el recuerdo me volvía hacer rememorar  las sensaciones que encontraba en la danza. Me sentía  etérea,  libre, volátil.  La música volvía a introducirse dentro de mis entrañas. La notaba subir por el estómago e inundar mi pecho, llegar a las puntas de los dedos, que movían el aire a mi alrededor, dejándome llevar por la melodía, haciendo que mis pies se volvieran ligeros y mis piernas flexibles, elevándome en infinitas piruetas y giros, haciendo que el mundo desapareciera. Sintiendo la música como poesía en movimiento.  Años de esfuerzo y dedicación a  adquirir una técnica depurada habían suavizado y moldeado mi cuerpo, con el único objetivo de poder expresar con bellos movimientos las partituras más hermosas. 
Siendo niña,  mi abuela me regaló su caja de música. Una hermosa pieza de plata donde una bailarina giraba y giraba al son de la melodía del cascanueces.  Era habitual que me encontrara bailando con las zapatillas de estar por casa rellenas de calcetines en las puntas, haciendo equilibrios delante de mis muñecos,  al compás de la caja,  fascinada por la música e hipnotizada por la muñequita de ballet.   Bailaba horas y horas delante de mis compañeros de juegos, emulando a una primera bailarina. Descubierta por mi abuela,  ella me pagó mis primeras clases de ballet y mis primeras zapatillas con puntas.  La recuerdo y añoro, me llevaba y esperaba, me observaba y animaba.  Juntas íbamos al ballet y me acompañó en mis progresos, en mi debut, en mi éxito.  Y cuando nos dejó la lloré tanto, que desde entonces la caja de música me acompañaba en cada estreno.  Esa cajita de música me la recordaba, su sonido me hacía ponerme a bailar sin poder evitarlo. 

Me despertó otra noche más y al abrir los ojos no estaba en mi habitación. Me encontraba en el suelo del salón con las viejas zapatillas de ballet puestas.  Unas zapatillas  que colgué del cabecero de mi cama cuando me retiré de mi profesión.  No me habría extrañado amanecer en esas condiciones, si no fuera porque pegada a mi cama, en mi dormitorio permanecía la silla de ruedas que me acompañaba desde hacía dos años.  Un accidente de coche me había dejado inválida.

lunes, 27 de octubre de 2014

EL EDIFICIO

Había resistido durante 70 años en pie.  Sus cuatro alturas, tres pisos por planta  y dos locales, que habían contenido diferentes negocios, le habían hecho ver el recorrido de las vidas de sus diferentes ocupantes. El viejo inmueble del barrio antiguo se erguía orgulloso, manteniéndose firme.  Los viejos propietarios lo habían conservado con cariño y respeto. Él se estiraba digno entre los restos decrépitos de algunas casas abandonadas, y construcciones de estilo moderno con cabida para gran número de apartamentos, que veían pasar el trajín de numerosos inquilinos de paso. Orgulloso veía a sus vecinos como habían compartido con él sus experiencias.  Con el paso de los años, y de sus vidas sentía que eran su familia. Era un edificio con alma y él los cuidaba como los vecinos cuidaban de él.

La magia surgió y cobró vida cuando el suelo empezó a temblar, el edificio se reafirmó sobre sus viejos cimientos. Intentó mantenerse firme mientras los cristales de sus ventanas se resquebrajan. Y sentía agrietarse sus muros. El tejado basculaba sobre él, haciendo ímprobos esfuerzos, apenas conseguía evitar que las tejas cayeran a la calle.    Recordaba a cada uno de sus habitantes, y los sentía procurando tenerlos  localizados.  Le habían dado tanto amor, que procuraba que todo su esfuerzo se dedicara a evitar que sufrieran daños.  La tierra temblaba y las diferentes oleadas hacían mella en él, que apenas conseguía mantenerse en pie. Apretó sus muros, basculó sobre sus cimientos soportando las batidas del terremoto.  Cuando todo acabó, apenas quedaba nada en pie;  La habitación del matrimonio del primero A, con la pareja de ancianos que se habían refugiado debajo de la cama. La cocina de María del segundo C donde la mujer se encontraba haciendo la comida. El cuarto de los niños del tercero C, en el que se habían refugiado el matrimonio con los críos. Del resto del edificio no quedaba nada.  Los bomberos con sus escaleras rescataron a los vecinos.  Ninguno de los que se encontraban dentro en el momento del edifico sufrió daño alguno.  Tal y como quedó la  estructura de la casa, no se explicaban cómo se habían salvado todos.  En cuanto estuvieron todos fuera,  el viejo edificio se derrumbó.  

lunes, 13 de octubre de 2014

NUESTRA CÚPULA





A pesar de los avisos de la comunidad científica, algunos inmersos en nuestras rutinas no nos enteramos, otros simplemente hicieron oídos sordos,  y los poderes fácticos, como siempre, creyeron en su soberbia que eso  a la tierra no le pasaría;  no en su era, no justo cuando ellos (soberbios de traje y corbata) ostentaban el poder.  Los menos intentaron movilizarse para concienciar al mundo y evitarlo; se asociaron, quejaron, manifestaron y reprimieron.   Así, que cuando empezó a suceder, el espectáculo nos sorprendió en plena calle.  Dejamos de mirar al suelo para mirar al cielo, y ver que el universo nos abría una ventana por donde observar,  como el azul intenso de una mañana de verano se difuminaba, para mostrarnos nuestro sistema planetario. Dependiendo del lugar en la Tierra iban apareciendo ante nuestros ojos los diferentes planetas.  Mientras algunos veían el aspecto terroso de Venus y la cara oculta de mercurio, como si nuestra segunda luna fuera.  En otras zonas de nuestro planeta aparecía primero el gigante Jupiter.  Marte envuelto en sus tormentas rojas, efervescentes e inquietas.  El espectáculo de Saturno era incomensurable,  cuando empezó a aparecer y pudimos observarlo, asistimos  a su aparición con una exclamación en la boca y el terror anidando en el corazón.  Sus anillos formados de rocas aparecieron como nubes de gas, que se solidificaban su alrededor.   El planeta nos regaló en el final de nuestros días un espectáculo hermoso.  Nos enseñó  lo que había fuera de la cúpula.  Ese paraguas protector  que nos ofreció para poder  vivir y crear un mundo donde vivir.  Pequeños seres con conciencia de su existencia y posición el cosmos que rechazamos para mirar solo hacia nuestro ombligo.  Consciencia que algunos utilizaron para CREAR e intentar mejorar.  Ahora esa cúpula desaparecía, condenándonos a la extinción,  mientras, el universo se paseaba por delante de nuestros ojos, para aquellos que quisieran ver antes de perecer.  

jueves, 2 de octubre de 2014

EL SR. DIRECTOR (3º entrega de LAS TRAVESURAS DE PASCUALINA)

Pascualina se encontraba otra vez delante del despacho del director.  Su madre avanzaba por el pasillo, acelerada y atolondrada,  dando unas voces que los oídos sufrían como si fueran coces.  Otra vez la habían llamado para que se llevara a su niña a casa castigada.  El cariño era mutuo entre los dos;  para Pascualina el director Bernardo  era un gordito pachón, y para él,  ella no era santo de su devoción.  Don Bernardo le tenía ojeriza y cada dos por tres le llamaba la atención.  Tonterías como los ataques de pánico de la profe de matemática, ante la invasión del aula de pérfidos bichos como  cucarachas, arañas o gusanos de jardín.  El director no tenía pruebas pero intuía que del trompón de la profesora era culpable la pequeña de ojos grandes, menuda y de pelo rubio alborotado que corría como un ciclón.   En su despacho, informó a su madre que la próxima vez sería expulsada durante tres días, con cara sería, repantingado en su enorme butacón.
Pascualina intentó una y otra vez hacerle entender que ella no era la culpable de que la profe tropezara en una tabla levantada del suelo y se diera semejante castañón.  Para una vez que no era ella…
 Lo miró intensamente y vio dentro de él aquello que lo atormentaba.
Mientras su madre y el director discutían sobre su mala educación, se fijó en las cartas preparadas para mandar al correo.  Lo observó tan estresado que decidió que le haría el favor de echarlas por él al correo.  Seguro que así compensaba su enfado por las travesuras a que sometía habitualmente a los profes porque ella pensaba que habitualmente no eran justos.
Y así lo hizo.  Cogió las cartas y al salir del cole de la mano de su madre, en un descuido, las echó en  un buzón.
El director buscaba sus cartas y preguntaba a su secretaria si ya las había llevado a la estafeta del callejón.
En una de esas cartas confesaba arrepentido que había malversado los fondos que el colegio tenía para la comida del comedor. En otra le decía adiós al amor de su vida, el profesor de gimnasia, un atleta de triatlón.  Lo sentía por su mujer e hijos pero le habían diagnosticado un tumor cerebral terminal y le quedaba un mes de vida. Quería dejar su conciencia tranquila y dejar todos sus asuntos con su dios en paz.  No había decidió enviar esas cartas, quería esperar a que la enfermedad estuviera más avanzada y ya lejos del colegio para poder morir ajeno al follón.
Sonó el teléfono, era del despacho del médico dónde le habían realizado las analíticas que concluyó en un diagnóstico tan desalentador y que habían dado como resultado tan tremenda valoración.  Al otro lado del teléfono,  el Doctor Marcos, se deshacía en disculpas y muy compungido lamentaba el error.  Su enfermera había confundido los historiales y Don Bernardo estaba completamente sano.  Al Director solo le venía la imagen de la sala de espera de su despacho, en la que  Pascualina y su madre estaban esperando su decisión.  Solo en ese momento entendió la mirada penetrante de Pascualina y su sonrisa sardónica, con esa expresión en su cara de una gran satisfacción.

miércoles, 27 de agosto de 2014

A TRAVÉS DE LA VENTANA



A través de la ventana lo veía; mientras,  la tarde iba avanzando y la luz mortecina del  invierno dejaba que la noche llegara con rapidez.   Balanceándose lentamente en la hamaca de su porche,  ella sonreía pensando que debía ser feliz al dejarle verla. Cada día se levantaba y se duchaba despacio, enjuagándose delicadamente, disfrutando de la esponja, y recreándose en aquellos sitios que imaginaba a él le gustaban.  Como cada noche la observaba desnudarse y ponerse suaves y delicados pijamas en su honor.  Al principio, se enfadaba cada vez que lo veía babeando mirándola a hurtadillas.  La miraba de forma tan intensa que casi sentía el aliento caliente y húmedo del vecino mirón sobre su piel.  La sensación era tan babosa que le producía repugnancia.   Detestaba esos ojos que la miraban de forma lujuriosa, desnudándola. 
No pudo soportarlo más, y una mañana del invierno pasado, lo sorprendió y le dio con el azadón en la cabeza. Un golpe seco y sus ojos quedaron abiertos de par en par mirando al vació.   Le tapó la cabeza con un saco, harta de que la observara a todas horas. . . 

Cada día desde hace ya 12 meses  lo contempla sentada plácidamente.  Lo ve consumirse poco a poco cada día. Ahora imagina aquellas cuencas vacías dentro del saco. Ya no la mirarán desde el vacío. Por fin ella creía (cree) que son felices los dos. El “podrá verla” por el resto de la eternidad, y a ella ya no le importa tenerlo enfrente de su ventana;  le  espanta los cuervos que (antes) destrozaban las plantas de su jardín.

lunes, 28 de julio de 2014

HUMANIDAD



Volaba por el espacio en órbitas perfectas en torno a su habitación.  Cada noche, mientras aquellos a los que llamaba padres dormían profundamente, él exploraba el cielo circundante sin alejarse, observándolo todo. Cuando regresaba a su casa, a su cama, con los ojos cerrados, se concentraba para ver el cosmos, con sus galaxias, constelaciones, estrellas enanas, blancas, amarillas.  Era capaz de llegar a sus confines con sólo desearlo viajando por agujeros de gusano.  Visitaba su lugar de origen y luego regresaba para seguir con su misión. Estudiar aquel pequeño planeta azul, en el que había surgido una epidemia voraz, que lo estaba destruyendo y que amenazaba con extenderse a otros planetas, donde sobrevivir y perpetuarse hasta hacer que colapsara el espacio conocido.   Volvía cada noche porque temía ser contagiado con ese virus, y acabar siendo absorbido por esa epidemia que se llamaba a sí misma: humanidad.