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domingo, 22 de febrero de 2015

DE UN ROJO INTENSO


Brillaba húmeda ,de un rojo intenso, perfecta en su redondez.  La sostenía entre sus dedos temiendo aplastarla.  El aroma de la fruta inundaba su imaginación, evocando imágenes de arbustos repletos de frutos silvestres.  Los olores de un bosque de colores intensos y salvaje  le llegaba según le acercaba el arándano a los labios.  Unos labios, expectantes y ligeramente entreabiertos, temblaban.  Sentía, sin tocarla, su presencia. El olor fragante de su aftershave le hacía sentir como se elevaba su temperatura corporal sin poder controlarse. Poco a poco, su respiración iba acelerándose. Inspiró con fuerza y la sensación de inseguridad le hizo apretar los labios. Tenía los ojos tapados por la suave corbata de él y que, nada más entrar, le había colocado.  Se sentía insegura, quería que esta vez fuera diferente pero el ambiente, los aromas, le provocaron un estado alterado de conciencia desde el primer momento.  Dejó de ser ella misma para que sus instintos tomaran el control de su existencia.  Solo había llegado a ver una chimenea encendida y en el suelo, delante de ella, una champanera y una bandeja con unos pastelitos de aspecto delicioso que no alcanzó a ver bien.  Su voz  la trajo a la realidad del momento, le resultaba contradictoria; era calmada, grave y suave. Pero su transfondo tenía un ruego imperativo, al cual no era capaz de negarse.  ¿No era capaz? ¿O no quería?
-Confía-  El sonido de su voz le llegó de forma hipnotizante. Notaba el olor ácido del fruto del bosque, mezclado con el dulzón aroma del almíbar. Y esta vez, al entreabrir los labios, notó que su lengua, tímida al principio, se aventuraba a asomar entre sus labios, que ahora empezaban a humedecerse con la primigenia sensación de uno de sus instintos más básicos.  

Él la contempló durante un par de segundos, en los que el tiempo se deslizaba suavemente, alargándolos.  Contemplaba esos labios que se mostraban ansiosos  y que,  ahora, de forma hambrienta, ofrecían el fruto carnoso de su interior,  sugerían un mundo de sensaciones. Era tan apetitoso que se dejó llevar y lo atrapó con su boca para saborearlo poco a poco, despacio, notando la creciente humedad de sus bocas ante tan sabroso manjar.  El jugo de el fruto silvestre se mezcló con el sabor de la boca de ella, con un contraste que lo enloqueció. El suave olor de almendras lo enervó de tal manera que no pudo contenerse y, cercándola entre sus brazos,  la apretó contra su cuerpo para poder sentirla cerca y perderse en ella de forma tan intensa que cuando el primer pinchazo de dolor en el estómago lo dobló, no supo que le pasaba y, desconcertado, cayó.  Entre intensos dolores y con la respiración colapsada,  dando sus últimos estertores en el suelo a los pies de ella, murió.  Ella deslizó la corbata y la dejó caer sobre el cuerpo yaciente, contemplando la escena con una sonrisa fría en su cara.  Se limpió con cuidado el carmín de los labios, bebió un largo trago de cava y se comió despacio la fruta, mientras se deleitaba contemplando el magnífico cuerpo de su víctima, duro y musculado.  El rictus de su boca le recordó ese último beso y delante de la chimenea sobre la alfombra se desnudó despacio, se acarició primero suavemente, para ir elevando, poco a poco, el ritmo de sus manos y sus dedos sobre su piel, hasta llegar al clímax. Otra vez  volvió a tener esa sensación de no ser ella misma, como si se desdoblara; otra vez la dama de San Valentin tomó el control y había cobrado su pieza.   

EL PEQUEÑO MONITO



La niña tenía la nariz pegada al escaparate de la tienda de animales del nuevo centro comercial.  Miraba ensimismada con una sonrisa en la cara.  Los ojos abiertos mostraban la curiosidad y la expectación de quien ve algo sorprendente y exótico.  Seguía maravillada los gráciles y ágiles movimientos de los pequeños macacos.
Poco después caminaba hacia su casa con un tití pigmeo de no más de 15 cm que su madre le compró en la parte trasera de la tienda, donde el dependiente había hecho un buen negocio. Él sabía que en cuanto la niña viera el tití, lo podría vender por un pastizal.  Había conseguido traerlo de forma ilegal y lo tenía en la trastienda, compartiendo jaula con los monos nigerianos.
Poco podía saber su madre que aquellos juegos alegres de su hija de 5 años, en una habitación llena de peluches y papel pintado con imágenes del animal favorito de la pequeña, se tornaría en tragedia.
El tití murió a los pocos días y pensaron que la niña cogió el catarro a consecuencia de su tristeza.   Poco a poco ese catarro se convirtió en una gripe que se extendió entre los compañeros de la clase de la pequeña.  Sus profesores y el resto de los padres fueron cayendo después, ante esa gripe mortal.  Para cuando las autoridades sanitarias fueron conscientes del brote de Ébola, el vendedor de animales exóticos había cerrado la tienda por defunción.





martes, 27 de enero de 2015

MESAS ABANDONADAS



Contemplo las mesas de madera húmedas bajo el cielo plomizo de un invierno frío y gris.  Mesas tristes abandonadas por familias que buscan la felicidad en paisajes  preparados como escenarios de un anuncio publicitario. Miro alrededor buscándolos y no los veo, giro sobre mis talones y giro sin verlos.  ¿Dónde está mi familia feliz? ¿Dónde mis dos pequeños? ¿Dónde aquel  que me amaba?  Perdí el mundo, la gente desapareció.  Mis ojos solo ven un lago plano e inmóvil y unas mesas vacías.  Volveré a casa.  Pero en la quietud del paisaje sigo inmóvil girando sobre mí  eje.

 Intento buscar en mi memoria la imagen del último recuerdo feliz y buscarlos allí.   Y La visualización fue dolorosa.  Vi a mis pequeños llorando. La mirada iracunda en un rostro desencajado del que creí que me amaba.  Note el suelo helado contra mi rostro como una lápida, mientras  la vida se escapaba de forma húmeda y caliente. Vi la ira en tus ojos y el cuchillo en tus manos teñidas en rojo.  Por fin recordé por qué os buscaría sin encontraros. Porque estaba muerta.   

viernes, 2 de enero de 2015

EL CARRUSEL



La música era ensordecedora y las luces de colores iluminaban la feria como si fuera un día de verano a pesar de que era el anochecer de una tarde invernal. Olor a manzanas bañadas en caramelo y algodón de azúcar, superado por el tufo del aceite quemado de churros y roscas de aceite.  El carrusel giraba alegre con sus carros de alegres colores, caballitos de largas crines y criaturas mitologías; unicornios blancos, pegasos de alas poderosas, incluso hermosas sirenas que atraían a los niños como moscas a la miel.  Lástima que algunos no consiguieran salir de él.

En el centro del carrusel, en su más oscuridad profundidad, su alma se alimentaba de ellos.

jueves, 6 de noviembre de 2014

LA CAJA DE MÚSICA



Arropada cálidamente debajo de mi edredón disfrutaba de un sueño evocador del que te despertabas descansada y feliz.  Poco a poco la ensoñación se disipaba, para oír otra vez de forma lejana el sonido de la caja de música. Las últimas noches se ponía en funcionamiento sola; tenía muchos años y el resorte que sujetaba la tapa se soltaba y el mecanismo se ponía en marcha. Tenía que arreglarla, pero me retraía hacerlo.  Relacionaba con la música el sueño recurrente de las últimas noches, en el que bailaba por toda la casa al compás del sonido de  la caja, regalo de mi abuela. Era tan intenso   que me resistía a despertar para ir a cerrarla. Cuando ocurría no podía evitar sentir añoranzas, por toda una larga carrera de bailarina,  llena de éxitos y de recuerdos. Contemplaba mis fotos de todos aquellos ballets que había interpretado y que inundaban mi casa. La danza me realizó como persona, era algo más que un medio de vida, me hacía feliz. Fue mi profesión durante años. Amaba bailar. Y cuando soñaba que bailaba, el recuerdo me volvía hacer rememorar  las sensaciones que encontraba en la danza. Me sentía  etérea,  libre, volátil.  La música volvía a introducirse dentro de mis entrañas. La notaba subir por el estómago e inundar mi pecho, llegar a las puntas de los dedos, que movían el aire a mi alrededor, dejándome llevar por la melodía, haciendo que mis pies se volvieran ligeros y mis piernas flexibles, elevándome en infinitas piruetas y giros, haciendo que el mundo desapareciera. Sintiendo la música como poesía en movimiento.  Años de esfuerzo y dedicación a  adquirir una técnica depurada habían suavizado y moldeado mi cuerpo, con el único objetivo de poder expresar con bellos movimientos las partituras más hermosas. 
Siendo niña,  mi abuela me regaló su caja de música. Una hermosa pieza de plata donde una bailarina giraba y giraba al son de la melodía del cascanueces.  Era habitual que me encontrara bailando con las zapatillas de estar por casa rellenas de calcetines en las puntas, haciendo equilibrios delante de mis muñecos,  al compás de la caja,  fascinada por la música e hipnotizada por la muñequita de ballet.   Bailaba horas y horas delante de mis compañeros de juegos, emulando a una primera bailarina. Descubierta por mi abuela,  ella me pagó mis primeras clases de ballet y mis primeras zapatillas con puntas.  La recuerdo y añoro, me llevaba y esperaba, me observaba y animaba.  Juntas íbamos al ballet y me acompañó en mis progresos, en mi debut, en mi éxito.  Y cuando nos dejó la lloré tanto, que desde entonces la caja de música me acompañaba en cada estreno.  Esa cajita de música me la recordaba, su sonido me hacía ponerme a bailar sin poder evitarlo. 

Me despertó otra noche más y al abrir los ojos no estaba en mi habitación. Me encontraba en el suelo del salón con las viejas zapatillas de ballet puestas.  Unas zapatillas  que colgué del cabecero de mi cama cuando me retiré de mi profesión.  No me habría extrañado amanecer en esas condiciones, si no fuera porque pegada a mi cama, en mi dormitorio permanecía la silla de ruedas que me acompañaba desde hacía dos años.  Un accidente de coche me había dejado inválida.

lunes, 27 de octubre de 2014

EL EDIFICIO

Había resistido durante 70 años en pie.  Sus cuatro alturas, tres pisos por planta  y dos locales, que habían contenido diferentes negocios, le habían hecho ver el recorrido de las vidas de sus diferentes ocupantes. El viejo inmueble del barrio antiguo se erguía orgulloso, manteniéndose firme.  Los viejos propietarios lo habían conservado con cariño y respeto. Él se estiraba digno entre los restos decrépitos de algunas casas abandonadas, y construcciones de estilo moderno con cabida para gran número de apartamentos, que veían pasar el trajín de numerosos inquilinos de paso. Orgulloso veía a sus vecinos como habían compartido con él sus experiencias.  Con el paso de los años, y de sus vidas sentía que eran su familia. Era un edificio con alma y él los cuidaba como los vecinos cuidaban de él.

La magia surgió y cobró vida cuando el suelo empezó a temblar, el edificio se reafirmó sobre sus viejos cimientos. Intentó mantenerse firme mientras los cristales de sus ventanas se resquebrajan. Y sentía agrietarse sus muros. El tejado basculaba sobre él, haciendo ímprobos esfuerzos, apenas conseguía evitar que las tejas cayeran a la calle.    Recordaba a cada uno de sus habitantes, y los sentía procurando tenerlos  localizados.  Le habían dado tanto amor, que procuraba que todo su esfuerzo se dedicara a evitar que sufrieran daños.  La tierra temblaba y las diferentes oleadas hacían mella en él, que apenas conseguía mantenerse en pie. Apretó sus muros, basculó sobre sus cimientos soportando las batidas del terremoto.  Cuando todo acabó, apenas quedaba nada en pie;  La habitación del matrimonio del primero A, con la pareja de ancianos que se habían refugiado debajo de la cama. La cocina de María del segundo C donde la mujer se encontraba haciendo la comida. El cuarto de los niños del tercero C, en el que se habían refugiado el matrimonio con los críos. Del resto del edificio no quedaba nada.  Los bomberos con sus escaleras rescataron a los vecinos.  Ninguno de los que se encontraban dentro en el momento del edifico sufrió daño alguno.  Tal y como quedó la  estructura de la casa, no se explicaban cómo se habían salvado todos.  En cuanto estuvieron todos fuera,  el viejo edificio se derrumbó.  

lunes, 13 de octubre de 2014

NUESTRA CÚPULA





A pesar de los avisos de la comunidad científica, algunos inmersos en nuestras rutinas no nos enteramos, otros simplemente hicieron oídos sordos,  y los poderes fácticos, como siempre, creyeron en su soberbia que eso  a la tierra no le pasaría;  no en su era, no justo cuando ellos (soberbios de traje y corbata) ostentaban el poder.  Los menos intentaron movilizarse para concienciar al mundo y evitarlo; se asociaron, quejaron, manifestaron y reprimieron.   Así, que cuando empezó a suceder, el espectáculo nos sorprendió en plena calle.  Dejamos de mirar al suelo para mirar al cielo, y ver que el universo nos abría una ventana por donde observar,  como el azul intenso de una mañana de verano se difuminaba, para mostrarnos nuestro sistema planetario. Dependiendo del lugar en la Tierra iban apareciendo ante nuestros ojos los diferentes planetas.  Mientras algunos veían el aspecto terroso de Venus y la cara oculta de mercurio, como si nuestra segunda luna fuera.  En otras zonas de nuestro planeta aparecía primero el gigante Jupiter.  Marte envuelto en sus tormentas rojas, efervescentes e inquietas.  El espectáculo de Saturno era incomensurable,  cuando empezó a aparecer y pudimos observarlo, asistimos  a su aparición con una exclamación en la boca y el terror anidando en el corazón.  Sus anillos formados de rocas aparecieron como nubes de gas, que se solidificaban su alrededor.   El planeta nos regaló en el final de nuestros días un espectáculo hermoso.  Nos enseñó  lo que había fuera de la cúpula.  Ese paraguas protector  que nos ofreció para poder  vivir y crear un mundo donde vivir.  Pequeños seres con conciencia de su existencia y posición el cosmos que rechazamos para mirar solo hacia nuestro ombligo.  Consciencia que algunos utilizaron para CREAR e intentar mejorar.  Ahora esa cúpula desaparecía, condenándonos a la extinción,  mientras, el universo se paseaba por delante de nuestros ojos, para aquellos que quisieran ver antes de perecer.  

jueves, 2 de octubre de 2014

EL SR. DIRECTOR (3º entrega de LAS TRAVESURAS DE PASCUALINA)

Pascualina se encontraba otra vez delante del despacho del director.  Su madre avanzaba por el pasillo, acelerada y atolondrada,  dando unas voces que los oídos sufrían como si fueran coces.  Otra vez la habían llamado para que se llevara a su niña a casa castigada.  El cariño era mutuo entre los dos;  para Pascualina el director Bernardo  era un gordito pachón, y para él,  ella no era santo de su devoción.  Don Bernardo le tenía ojeriza y cada dos por tres le llamaba la atención.  Tonterías como los ataques de pánico de la profe de matemática, ante la invasión del aula de pérfidos bichos como  cucarachas, arañas o gusanos de jardín.  El director no tenía pruebas pero intuía que del trompón de la profesora era culpable la pequeña de ojos grandes, menuda y de pelo rubio alborotado que corría como un ciclón.   En su despacho, informó a su madre que la próxima vez sería expulsada durante tres días, con cara sería, repantingado en su enorme butacón.
Pascualina intentó una y otra vez hacerle entender que ella no era la culpable de que la profe tropezara en una tabla levantada del suelo y se diera semejante castañón.  Para una vez que no era ella…
 Lo miró intensamente y vio dentro de él aquello que lo atormentaba.
Mientras su madre y el director discutían sobre su mala educación, se fijó en las cartas preparadas para mandar al correo.  Lo observó tan estresado que decidió que le haría el favor de echarlas por él al correo.  Seguro que así compensaba su enfado por las travesuras a que sometía habitualmente a los profes porque ella pensaba que habitualmente no eran justos.
Y así lo hizo.  Cogió las cartas y al salir del cole de la mano de su madre, en un descuido, las echó en  un buzón.
El director buscaba sus cartas y preguntaba a su secretaria si ya las había llevado a la estafeta del callejón.
En una de esas cartas confesaba arrepentido que había malversado los fondos que el colegio tenía para la comida del comedor. En otra le decía adiós al amor de su vida, el profesor de gimnasia, un atleta de triatlón.  Lo sentía por su mujer e hijos pero le habían diagnosticado un tumor cerebral terminal y le quedaba un mes de vida. Quería dejar su conciencia tranquila y dejar todos sus asuntos con su dios en paz.  No había decidió enviar esas cartas, quería esperar a que la enfermedad estuviera más avanzada y ya lejos del colegio para poder morir ajeno al follón.
Sonó el teléfono, era del despacho del médico dónde le habían realizado las analíticas que concluyó en un diagnóstico tan desalentador y que habían dado como resultado tan tremenda valoración.  Al otro lado del teléfono,  el Doctor Marcos, se deshacía en disculpas y muy compungido lamentaba el error.  Su enfermera había confundido los historiales y Don Bernardo estaba completamente sano.  Al Director solo le venía la imagen de la sala de espera de su despacho, en la que  Pascualina y su madre estaban esperando su decisión.  Solo en ese momento entendió la mirada penetrante de Pascualina y su sonrisa sardónica, con esa expresión en su cara de una gran satisfacción.

miércoles, 27 de agosto de 2014

A TRAVÉS DE LA VENTANA



A través de la ventana lo veía; mientras,  la tarde iba avanzando y la luz mortecina del  invierno dejaba que la noche llegara con rapidez.   Balanceándose lentamente en la hamaca de su porche,  ella sonreía pensando que debía ser feliz al dejarle verla. Cada día se levantaba y se duchaba despacio, enjuagándose delicadamente, disfrutando de la esponja, y recreándose en aquellos sitios que imaginaba a él le gustaban.  Como cada noche la observaba desnudarse y ponerse suaves y delicados pijamas en su honor.  Al principio, se enfadaba cada vez que lo veía babeando mirándola a hurtadillas.  La miraba de forma tan intensa que casi sentía el aliento caliente y húmedo del vecino mirón sobre su piel.  La sensación era tan babosa que le producía repugnancia.   Detestaba esos ojos que la miraban de forma lujuriosa, desnudándola. 
No pudo soportarlo más, y una mañana del invierno pasado, lo sorprendió y le dio con el azadón en la cabeza. Un golpe seco y sus ojos quedaron abiertos de par en par mirando al vació.   Le tapó la cabeza con un saco, harta de que la observara a todas horas. . . 

Cada día desde hace ya 12 meses  lo contempla sentada plácidamente.  Lo ve consumirse poco a poco cada día. Ahora imagina aquellas cuencas vacías dentro del saco. Ya no la mirarán desde el vacío. Por fin ella creía (cree) que son felices los dos. El “podrá verla” por el resto de la eternidad, y a ella ya no le importa tenerlo enfrente de su ventana;  le  espanta los cuervos que (antes) destrozaban las plantas de su jardín.

lunes, 28 de julio de 2014

HUMANIDAD



Volaba por el espacio en órbitas perfectas en torno a su habitación.  Cada noche, mientras aquellos a los que llamaba padres dormían profundamente, él exploraba el cielo circundante sin alejarse, observándolo todo. Cuando regresaba a su casa, a su cama, con los ojos cerrados, se concentraba para ver el cosmos, con sus galaxias, constelaciones, estrellas enanas, blancas, amarillas.  Era capaz de llegar a sus confines con sólo desearlo viajando por agujeros de gusano.  Visitaba su lugar de origen y luego regresaba para seguir con su misión. Estudiar aquel pequeño planeta azul, en el que había surgido una epidemia voraz, que lo estaba destruyendo y que amenazaba con extenderse a otros planetas, donde sobrevivir y perpetuarse hasta hacer que colapsara el espacio conocido.   Volvía cada noche porque temía ser contagiado con ese virus, y acabar siendo absorbido por esa epidemia que se llamaba a sí misma: humanidad.

sábado, 12 de julio de 2014

FUEGO


Miraba hipnotizada las llamas del fuego que bailaban de forma alegre y sensual en la hoguera.  Mientras, en su interior, ardía un dolor insoportable.  Una vez y otra había leído la despedida en la carta que encontró al llegar a su casa.  El amor de su vida no volvería más.
Veía las ascuas danzar de forma delirante, al son del crepitar de los troncos que alimentaban la hoguera.  Estaba sentada en una piedra, al calor de las brasas, leyendo la carta de despedida, otra vez. Su mano temblorosa acercaba la misiva a las llamas.  El fuego anhelaba, deseoso, devorar ese combustible blanco que lo alimentaria.
Poco a poco esas llamas danzantes la atraían más y más.  Tanto acercó la carta, que el fuego extendió una mano ardiente, alargó una llamarada, y al contacto consumió su despedida en forma de papel, rápidamente. 

Ella oía dentro de la hoguera, como esas palabras escritas eran devoradas entre las brasas.  Sonaban como una canción de cuna. Por un momento desapareció el dolor de la despedida. Sentía el calor en la piel del rostro,  le secaba las lágrimas y le calentaba el frío de su despedida.  No se percató  de que el deseo del fuego había ido más allá.  Ya lamía sus piernas y deshacía su piel, Consumía su carne.  Ese calor inmenso consumió su dolor, la consumió hasta los huesos.  Por fin, todo alrededor había desaparecido.  Ella había desaparecido. Ya no sufrió más.

lunes, 23 de junio de 2014

LA TIENDA DE CHUCHES (2º CAPÍTULO DE LAS TRAVESURAS DE PASCUALINA)

Pascualina baja por su calle dando brinquitos, feliz como una perdiz.  De camino a la tienda de chuches llevaba sus moneditas en la mano para comprarse unas barritas de regaliz.  Al entrar en la tienda se encontró un barullo de muy mal cariz.
La tienda estaba llena de gente y solo atendía la sobrina de los dueños, que le vendió el regaliz sin mirar a Pascualina.  En el fondo del local, algunas vecinas intentaban confortar a Julia la tendera, que lloraba sin consuelo la muerte de su marido Andrés.  La tendera sollozaba sin consuelo, lamentando no haber podido  despedirse de él. Entre sollozos y lágrimas, pedía verlo otra vez, aunque fuera un momento,  para decirle que no podría vivir sin él.  La pequeña brujita cruzó su mirada con Julia y vio en sus ojos lo que había en su interior.
Pascualina impresionada decidió cumplir el deseo de Julia de ver a Andrés.  Que menos después de todo el regaliz que el tendero amablemente le regaló. Así que volvió a casita y cuando mami dormía, un conjuro le envió. 
Andrés volvió esa noche, para que Julia pudiera despedirse de él. El tendero retornó de entre los muertos y delante de Julia se  plantó. Ella un susto morrocotudo se llevó, entre balbuceos y pucheros de rodillas le empezó a pedir perdón.  La mujer del tendero repetía una y otra vez; que no se había dado cuenta, y no podía entender, como la sopa de pollo llevaba ingentes cantidades de almendras, que la muerte de Andrés provocó. El pobre era alérgico y tanta almendra no soportó.

A la mañana siguiente Julia apareció colgada de una lámpara con su confesión.  Con la sopa de pollo había matado a su marido y los remordimientos no soportó.  Así que en un momento de desesperación, la vida se quitó.  Esa noche Pascualina doble ración de regaliz comió.

domingo, 22 de junio de 2014

LA VENGANZA

Aquí, solo mirando hacia arriba frente el universo.  Invocó toda  su energía,  pidió que le envíe  todo el  poder para superar y obtener aquello que ardía de deseo en su interior.  Y le gritó:
— ¡Quiero  que ella sienta  todo el dolor que con su desprecio me infringió!
Y, en esa noche sin luna, empezaron a llover esferas de luz; caían despacio, a cámara lenta,  quedaban desperdigadas  a su alrededor, iluminando  tenuemente toda la  ladera de aquella montaña.   Se acercó a cada una de ellas esperando que al tocarlas le inundara alguna fuerza que le encaminara hacia su venganza.  Algo que alimentara su ira y su odio.  Buscando algo con lo que combatir y apaciguar el dolor que el rechazo le producía.
 Según iba tocándolas, sentía su luz inundándolo. Poco a poco fue consciente de que parecía una polilla en una noche de verano.  ¡Qué mierda era esto!  Yo pedía armas con las que herir; desprecio, inquina, rabia, ira, furia con las que atormentar lo más intimo del ser que albergaba en ella. ¿Y él  qué le mandaba?  Amor, esperanza, sensibilidad, ternura, afecto, cariño.
El dio amor y recibió desprecio.   Dio odio y amor recibió.   El universo se ríe de él una vez más. ¿No decían que el universo compensa?  ¡Oh sí!; ahora caía, si que compensa. Por fin lo entendía, solo tenía que odiar para recibir amor. 
Se plantó con todo su rencor delante de ella, y decidió.
Se lo escupiré a la cara y cuando reciba todo su amor, mi venganza se habrá consumado.
Cuando ella lo vio llegar rodeado de luz, con una halo de infinita belleza, no pudo evitar amarlo con todas las fuerza de su ser.  Y cuando estuvieron uno enfrente de otro, mirándose a los ojos, él pudo elegir amarla u odiarla.  Y al elegir odiarla, les condenó a los dos a una eternidad de desamor.  


viernes, 13 de junio de 2014

PASCUALINA



Soy pequeña, y menuda.  Pascualina me llaman y soy una brujilla de muy corta edad.  Tengo poderes ocultos que me permiten ver, saber e intuir  aquello que los adultos se empeñan en ocultar.  Traspaso sus miradas y veo más allá, pero a veces no entiendo las motivaciones de los mayores para portarse tan mal, hacer lo que hacen y ser tan mezquinos con los demás.  No puedo dejar de actuar para compensar aquello que no me gusta y dejarlo colocado en su lugar.  Solo vivo con mi madre, pero ella en sobrevivir ocupada está. Así que campo por mis respetos, voy y vengo en total libertad.  Puedo recolocar la balanza en su lugar.
Cada día al subir al ascensor para ir a la escuela adivino en los ojos de la vecina de enfrente el odio por la Sra. Pilar.  Le saca la basura y la deja donde su caniche la pueda alcanzar.  Mi vecina de enfrente es muy anciana.  Su perrito le alegra con sus ladridos y juegos acompañándole en su soledad.  Pero la vecina de enfrente no la soporta.  Sé que  le desea hacerle mal.  Su caniche alcanza los restos de su basura para que el caniche, hurgando, se coma el raticida que en la bolsa va.
Sé que la vecina de enfrente también le gusta fumarse sus cigarros en el ático contemplando la cumbre del volcán, bajo un sol estrellado, recuerda días lozanos de una mejor edad.   Cada noche apoyada en la escalera de incendios cree volar,  con los brazos abiertos y los ojos cerrados, sueña que en el Titanic va.   Esa noche los tornillos de la escalera sueltos están.  Una pena para mi vecina  de enfrente que al contenedor de basura del callejón con sus huesos fue a dar.   Cuando llegó al suelo desde el tejado  por un momento a Leonardo de Caprio  vio que la venía a buscar.  Confundió el contenedor con un barco y al basurero con un galán.

Me gusta oír ladrar al caniche de la Sra. Pilar.  Que no se me olvide devolver  la llave inglesa al portero de mi  casa.  Que hombre tan amable al fin me la pudo prestar.  Porque estaban muy duros los tornillos de la escalera de incendios y casi no los consigo soltar.

domingo, 8 de junio de 2014

EL OBSERVADOR


EL OBSERVADOR  I
La tormenta rugía sobre el mar  a lo lejos y, aunque se veían los rayos iluminar el cielo de la noche, en tierra todavía reinaba la calma. La temperatura cálida y la brisa suave no anunciaban lo que estaba por llegar.
Como cada noche de temporal veraniego, cogería el camino hacia la playa. Los postes de madera atados entre sí con viejas maromas delimitaban una senda marcada, descendente, suave, de arena fina y cálida que ella hacía descalza las noches en las que los temporales formados en alta mar.
 Se notaba que esos momentos nocturnales eran los que a ella le gustaba bajar por el sendero; despacio, deleitándose en el paseo, en la calidez del verano, para bañarse en las aún aguas calmas de esas horas de la noche.  Una cierta luminosidad dejaba ver con claridad los contornos del paisaje y delimitaba las negras nubes de la tormenta que, aunque en alta mar, se acercaba rápida, cabalgando sobre olas.  Olas que emitían lucecitas plateadas que eran como estrellas brillantes sobre el mar, ondas rizadas por la brisa en la superficie del agua, dándoles aspecto de puntillas blancas como delicados encajes.  En ese entorno, ella bajaba por el sendero como una sonámbula, andaba sobre la cadencia de sus caderas, con un ritmo que lo hipnotizaba.
Él la observaba desde las dunas, sabía que en esas noches veraniegas de luna llena y tormenta, acostumbraba a bañarse.  La veía llegar a la orilla,  como se desprendía de su camisola blanca, que dejaba en la orilla de forma descuidada, y como,  pasito a pasito, despacio, entraba en el agua.  Tan despacio, que apenas se movía el agua, ni se formaban ondas alrededor de ella.  Era un momento en el que todo alrededor de ella se paraba, el tiempo, las olas, el viento. Todo se detenía, toda la playa contenía el aliento, incluso él no respiraba.  Intuía y esperaba ese momento en el que el agua marina humedecería la piel de ella, con un leve chasquido  al sumergirse en las aguas.   Sus largas piernas se transformarían y aparecería su aleta caudal, se transformaría en la sirena que era. La observaría bañarse de forma lánguida, jugar con las olas, la luz de la luna le robaría la plata a su cola que destellaba con cada rayo de la aún lejana tormenta. 
Era la mujer que vivía en la cabaña junto a las dunas, justo al final del malecón donde el dejaba su barca. Una sirena. El la observaba y callaba no fuera a espantarla.






EL OBSERVADOR  II

El satélite lunar sobre el horizonte marino ocupaba casi toda la cúpula celeste. ¡Era magnífica! Ocupaba todo el espacio que la ventana de su pequeña casa, cerca del puerto y enfrente del mar, permitía ver del exterior.   Nació un deseo imperioso. Tenía que salir a la noche, ir a la playa y, entre las dunas cerca de la orilla, observarla.  ¿Qué fenómeno estelar había creado ese paisaje? Nunca había visto a nuestro satélite tan cerca, tanto que le empujó a levantar la mano y tocarla.  El reflejo de la luz solar en la luna definía cada cráter, cada valle y montaña del astro lunar, era como un mapa retro-iluminado de tres dimensiones que te atrapaba, rodeaba hasta crearte la sensación de ser absorbido por él.
Era tal su fulgor que, en algunas zonas de ese mundo lunar, la luz era tan fuerte que creías ver ciudades y autopistas iluminadas, llenas de vida.  El mar solo era una alfombra de color azul acerado que refulgía con brillos de estrellas a sus pies. Solo una ligera neblina ascendía desde el agua, escalando las rocas de los acantilados; el contraste del calor del día estival y el frescor de las corrientes del norte la creaban a esas horas de la noche, dejando la costa iluminada y fantasmagórica.
Ensimismado, dentro del paisaje lunar, escuchó el chapoteo que le recordó a su sirena.   Ella también estaba allí,  la vio sumergirse en las aguas marinas y deslizarse en ellas, girando y braceando en una danza hipnótica.   Estaba tan extasiado en sus bellos momentos  que no se percató de que estaba de pie, en las rocas, iluminado por la luna,  y no tuvo la precaución de quedarse a resguardo para no asustarla y hacerla huir.
Ella, en un giro, lo vio y sus ojos se encontraron.  En ese  momento mágico, se formó un puente entre ellos dos y la luna, y la tierra y el agua. Ella le tendió las manos abiertas y le invitó con un ademán a introducirse en el agua.   Él estaba en trance,  se dejó llevar como si volara, era una pluma ingrávida.  Su inmersión en el agua fue como quien planea suavemente y, muy despacio,  se hundió en el agua, de forma tan suave que no notó la humedad.   Solo era consciente de los ojos de ella, donde brillaba la luz lunar, de sentir sus brazos rodeándolo,  de cómo su boca atrapaba la de él y unidos por un beso, giró con ella sobre el agua, dentro del agua, fuera del agua.  Sus labios le absorbían la vida, inundándole de un inmenso amor, intenso y apasionado, que le unía a la magia que ese ser emanaba.  Se dejó llevar, se dejaba llevar, se iba y se fue con ella.  Voló, nadó y danzó unidos por esa noche hechizada.  Se fue con ella a las profundidades marinas.  Nadie jamás pensó en una muerte tan dulce, tan apasionada, tan bella, con tanto amor.  El murió feliz.





lunes, 26 de mayo de 2014

EL OBERVADOR

La tormenta rugía sobre el mar  a lo lejos y, aunque se veían los rayos iluminar el cielo de la noche, en tierra todavía reinaba la calma. La temperatura cálida y la brisa suave no anunciaban lo que estaba por llegar.
Como cada noche de tormenta veraniega cogía el camino hacia la playa. Los postes de madera, atados entre sí con viejas maromas, delimitan una senda marcada, descendente, suave, de arena fina y cálida, que ella hacía descalza las noches en las que los temporales formaban en alta mar.
Esos momentos nocturnales era cuando le gustaba bajar por el sendero; despacio, deleitándose en el paseo, en la calidez del verano, para bañarse en las aún aguas calmas de esas horas de la noche.  Una cierta luminosidad dejaba ver con claridad los contornos del paisaje y enmarcaba las negras nubes de la tormenta, que aunque en alta mar, se acercaba rápida, cabalgando sobre olas.  Olas que emitían lucecitas plateadas como estrellas brillantes sobre el mar, ondas rizadas por la brisa en la superficie del agua, dándoles aspecto de puntillas blancas como delicados encajes.  En ese entorno, ella bajaba por el sendero como una sonámbula, andaba sobre la cadencia de sus caderas, con un ritmo que lo hipnotizaba.
Él la observaba desde las dunas, sabía que en esas noches veraniegas de luna llena y tormenta, acostumbraba a bañarse.  La veía llegar a la orilla,  como se desprendía de su camisola blanca, que dejaba en la orilla de forma descuidada, y como,  pasito a pasito, despacio, entraba en el mar.  Tan despacio, que apenas se movía el agua, ni se formaban ondas alrededor de ella.  Era un momento en el que, todo alrededor de ella se paraba, el tiempo, las olas, el viento. Todo se detenía, toda la playa contenía el aliento, incluso él no respiraba.  Intuía y esperaba, ese momento en el que el agua marina humedecería la piel de ella, con un leve chasquido, al sumergirse en las aguas.   Sus largas piernas se transformarían y aparecería su aleta caudal, se transformaría en la sirena que era. La observaría bañarse de forma lánguida, jugar con las olas, la luz de la luna le robaría la plata a su cola, que destellaba con cada rayo de la aún lejana tormenta. 
Era la mujer que vivía en la cabaña junto a las dunas, justo al final del malecón donde él dejaba su barca. Una sirena. El la observaba y callaba no fuera a espantarla.


martes, 13 de mayo de 2014

TAN FELIZ

"Parece tan feliz, qué bonito es el vestido, y se la ve tan guapa con la lluvia mojando su cara, con ese cabello brillante y de aspecto sedoso". El anuncio de una marca europea me saludaba cada mañana de camino a la escuela. Esa imagen me animaba a pensar que quizás para mí el futuro sería diferente. Pero esa mañana, había sido distinto, unos camiones habían llegado justo a la hora de salir para la escuela. Los soldados salieron tiroteando a todo el mundo en la aldea. Mi padre corrió hacia nosotras, con la cara desencajada y chillando algo que ya no recuerdo. En ese momento, Mami me estaba colocando la vieja mochila a la espalda. Todo sucedió muy deprisa. La sangre de mi padre nos alcanzó, mientras lo remataban a machetazos. Mamá me protegió con su cuerpo atravesado por las balas. Ahora camino atada, descalza, con la cara manchada de lágrimas y tierra. La sangre de mis padres en las manos, y el sencillo uniforme escolar, de falda tableada y camisa blanca, destrozado y hecho jirones. Me sabía herida pero no sentía dolor. Era como si mi alma se hubiera ido y solo se hubiera quedado la carcasa de mí misma. Ya el miedo, el horror de ver morir a mis padres, y la violencia posterior parecían lejos. Sentí como algo húmedo, espeso y caliente se deslizaba por mis muslos y miré hacia abajo; sangraba. Tomé conciencia de que no llevaba las braguitas que me hizo mi madre. De golpe todo lo acaecido volvió de forma atroz a mi mente. El recuerdo fue tan brutal que me revolvió el estómago, se me encogió y retorció de tal forma que la arcada a la boca llegó inesperadamente. Vomité con tal fuerza que caí de rodillas al suelo. El soldado que me llevaba atada arrastras, me chilló. —¡Levanta, pequeña zorra! Noté el culatazo en la cabeza y la imagen de aquella niña tan feliz, sujetando su peluche, se alejó. Luego, solo oscuridad.

martes, 6 de mayo de 2014

TENGO GANAS DE TI

Tengo ganas de ti, de té o café. Tengo ganas de ti, de moverme o permanecer quieta. Tengo ganas de ti, de contenerme o desbordarme. Tengo ganas de ti, de hablar y callar. Tengo ganas de ti, de ir y volver, de luz u oscuridad. Tengo ganas de ti, de ser o no ser. Tengo ganas de ti, de encontrarte o abandonarte. Tengo ganas de ti, cada día, cada hora. No solo en el parque, en el momento de sacar a los niños, sentadas bajo los árboles. Y observar, despacio, sosegadamente, el perfil de tu rostro apoyado suavemente en tu delicada y pálida mano. Atrapadas en estos corsés, en los que la sociedad nos condenó a vivir. Te amo y te odio, porque lo nuestro no podrá ser. Porque con tu rechazo me condené. Y ahora, no descanso en suelo sagrado. Solo vago por este parque esperando cada día, cada hora, el momento de verte aparecer

lunes, 28 de abril de 2014

DUERMEN BAJO LAS AGUAS

Duermen bajo las aguas, en su profundidad, en el fondo oscuro de aquel lago inmenso, el cual permanecía congelado gran parte del año debido a su altitud. Alejadas de todo y todos. Viven en el fondo del lago. Es mejor no verlas porque son precursoras de muerte si llevas la violencia en tu corazón. Veneradas y recordadas por sus familias, reposan inmunes al mundanal ruido de la superficie acuática. Al acercarse la primavera y debido al calor del sol, el lago se descongela y la densa niebla que produce lo envuelve. En ese primer deshielo, era el momento de la tradicional procesión de las lámparas. Con la última luz del día se aventuraban por el lago con grandes luminarias para poder atraerlas y rendirles homenaje. Vivian con la maldición de la primogénita desde que las cinco primeras familias se asentaron en aquel lugar. En aquel lago alimentado de aguas de las nieves eternas y surgencias que brotaban en el fondo. Solo una niña nació en aquel primer año de asentamiento. Aislados en esa altitud se dedicaban a la ganadería, pesca en el lago y recogida de los frutos de bosques cercanos, no se vieron bendecidos con el nacimiento de otra niña más. Pasaron los años y cuando aquel aciago día en el que Elena cumplía 17 años, se adentró en la barca de su padre y cruzando el lago huyó de su destino en busca de un futuro mejor. Debía ser entregada a uno de los varones, en contra de su voluntad. Consiguió permanecer escondida en las orillas del lago durante algún tiempo. Cuatro varones descendientes de cada familia, exacerbados e iracundos por el rechazo, batieron la zona en su búsqueda, encontrándola. Cediendo a sus instintos más primarios la violaron de forma brutal, dejándola moribunda. Ella, haciendo acopio de las escasas fuerzas que le quedaban y con su último aliento, entró en el lago y se hundió en las profundidades para no volver nunca más. Después de aquello nacieron más hijas, más hijos y el asentamiento creció, se convirtió en una aldea, en una villa, en un pueblo. Pero nunca más la primogénita sobrevivió. Ella volvía la primera noche después del decimoséptimo cumpleaños de las jóvenes, llevándoselas al fondo del lago. Cada aniversario de la muerte de Elena, en la primavera, con el primer deshielo y en sus barcas. Las familias atrayéndolas con las luces de sus lámparas, emergen del fondo dejándose vislumbrar por sus ellas.

viernes, 18 de abril de 2014

EL GLOBO

Era su décimo cumpleaños y, después de toda la mañana hinchándolos, tenía la casa llena de globos y la tarta de chocolate blanco, su favorita, en la nevera. Ya lo tenía todo preparado. Cuando su padre entró por la puerta volvió a recriminármelo, pero yo no lo podía evitar, le encantan los globos de diferentes formas; de barco, de unicornio, de luna…. De luna. Le encantaba la luna. La habíamos pintado por todo el dormitorio para que le acompañara en su sueño. Soñaba con ella, cantaba todo el día; un globo, dos globos, tres globos, la luna es un globo que se me escapó. Detrás de la hipnotizadora luz circular nocturna iba cuando saltó por la ventana hace tres años. En su diario, escribió; “Cada noche sueño que salgo por el balcón y vuelo hacía mi luna llena, hoy lo haré realidad… “ Ahora la imagino allí con ella. Sentada en la hamaca de su habitación, delante del balcón abierto la veo junto al disco lunar.