domingo, 17 de abril de 2016

¿VIDA?



Se pasó más de media vida colgada al teléfono. Su infierno fue no tener otra que responder a consultas de otros, mientras ella no pudo viajar, ni disfrutar, ni comer, ni vivir...
Cuando murió, en su lecho de muerte pidió que no la desconectaran de los cables que la unían a esa realidad virtual que había sido su vida.
En la caja reposaba, muerta. Sus ojos vidriosos, ya opacos y de mirada vacía, ocultaban un secreto. El cable que surgía de su oreja seguía conectado al ordenador general de su empresa.
Una vez confirmada la muerte clínica, su cerebro se vació. Su vida terrenal terminó pero no así su mente. Voló convertida en bites hasta colarse en los entresijos de un cpu colosal y viajó por interminales canales digitales, colándose en las vidas ajenas.
Robó deseos y disfrutó de todo aquello que le fue robado en vida a través de todos los cables de teléfono que aún quedaban conectados en el planeta Tierra.

MADRE


—Madre, ¿estás despierta?
Esa frase retumbaba incansable a su alrededor, pero no sabía si se dirigía a ella. Ojalá alguien contestara, era un martilleo incesante...

El ingeniero movió la cabeza dubitativamente y miró al vigilante sin decir nada; habían intentado ya todas las maneras posibles despertar a Madre, sin resultado alguno. Vigilante formuló la pregunta de nuevo, con un matiz desesperado en su voz, si eso era posible. No concebía la existencia sin ella.

Al fin parecía que menguaba, ese murmullo molesto, y Madre volvió a su rumbo entre las estrellas.
En la Odisseus, todos estaban condenados a un viaje sin futuro. Llegaría un momento en el tiempo en que la hibernación fallara para los seres que la habitaban, pues hasta las máquinas llegan a la vejez. Vigilante pensó en aquello y mucho más, en su cerebro de sinapsis lumínica, y por primera vez experimentó eso que llamaban soledad.
Sorprendió al humano junto a él, al preguntar por última vez:

—Madre, ¿por qué me has abandonado?

FOTO DUPLICADA



La copia de la foto que llevaba en mi cartera estaba tan deteriorada por el roce y el paso de los años que la imagen aparecía difuminada y sus bordes ajados.  Después de pensarlo mucho decidí buscar los negativos y realizar otra copia.  No quería olvidar su rostro. Desde su muerte a tan temprana edad,  su imagen se iba desvaneciendo de mi memoria.
Busqué en ese cuarto infantil de muebles y estanterías polvorientas, abandonado desde hacía dieciséis años.  Al fin, en el fondo de un cajón, encontré los negativos. Eran las fotos en las que capturamos, detenidos en el tiempo, sus primeros pasos.  En ellas aparecía mi hija con apenas veinte meses  sobre una hierba de un color verde, tan intenso e irreal, que parecía pintada con rotuladores brillantes. Una nube de algodones de dientes de león revoloteaba alrededor de sus cabellos rubios dándole un aspecto mágico a la escena. Nuestra pequeña nos regalaba esa sonrisa infantil que desarma, esa mirada inocente que sólo poseen a esa edad.  No abrí el sobre cuando fui a recogerlas, quería verlas a solas, recrearme en el dolor de la pérdida y revivir los recuerdos de aquel día yo sólo.
María había oído el ruido de la puerta al cerrarse.  Sabía que su marido habría llegado con las copias de las fotos.  Ella le había pedido que no las revelara, pero agotada ante su insistencia, había cedido y quería volver a verlas.  Quizás él tuviera razón.  Los dos habían superado su adicción al alcohol y debían continuar cerrando heridas.
Se dirigió al despacho en su búsqueda. Cuando entró apresurada lo vio, y el dolor volvió a rasgarle las tripas. Su marido estaba hundido en su sillón, con los ojos abiertos y la mirada perdida, inmóvil, posando ante la muerte.  En el suelo, la foto de una joven rubia, rodeada de una nube de dientes de león, se encontraba en un prado de hierba de un repugnante verde intenso, desde dónde les dedicaba una mirada oscura de inmensa furia.Entonces lo supo, supo que su pequeña había crecido y no les había perdonado que la olvidaran en el coche al sol en el parking de aquel bar de carretera.



martes, 29 de marzo de 2016

REFLEJO


Sueño, y en mis sueños veo cómo me desdoblo, cómo emana de mí una imagen como un reflejo; pero cuando me fijo en él, descubro que no es un reflejo exacto, más bien es un reflejo roto, que hace justo lo contrario a lo que yo hago. Si yo me levanto, él se acuesta, si yo ando en una dirección, él se dirige hacia la contraria; mientras yo permanezco en el suelo, él flota junto al techo. Le miro fijamente, con el cejo fruncido, y él me mira sonriente, como conocedor de mis pensamientos. Y entonces una duda me asalta, ¿es contrario a mí... en todo?
Si yo diera limosna a alguien, ¿Él le robaría? Si yo tratara de salvar a alguien, ¿Él le mataría? Si yo amara a alguien, ¿Él le odiaría? Entonces recuerdo que ese ser ha salido de mi interior, y me estremezco. Noto como el odio me sobrepasa, y trato de lanzarme contra él, pero mis limitaciones físicas se hacen dolorosamente palpables, y caigo como un peso muerto.

Despierto con un sobresalto en mi cama, y al recordar mi sueño, comienzo a temblar; porque aquella réplica, no era en realidad un ser extraño. Aquel ser también soy yo. Y eso me aterra.

miércoles, 23 de marzo de 2016

LUZ EN LA NOCHE


La niña observó abstraída cómo la luz aumentaba hasta iluminar la noche, alejando momentáneamente las sombras; una noche convertida en día durante unos instantes, y que acabaría desapareciendo poco a poco, en un falso atardecer, mientras toneladas de material diverso se desvanecía en el aire.
La muchacha sonrió complaciente, y miró con complicidad a su compañera felina:

¡Mira que quemarlas todas al mismo tiempo! ¡Estos valencianos están majaras!

ATARDECER DE NUEVO ENTRE TUS BRAZOS



—¿Has visto qué preciosidad de atardecer, Bigotitos? Una de esas tardes en que da gusto estar vivo.
—Desde luego que sí —respondió el gato—, pero ¿no te dijo el psiquiatra que no hablaras conmigo? ¿Que eso era síntoma de recaída?
—Sólo si me respondías, así que ya podrías callarte un rato.

—¡Eso sí que no! ¡Que uno será una alucinación, pero una alucinación educada!

martes, 22 de marzo de 2016

INVISIBLES

Era un callejón invisible para los transeúntes en el que conviven ratas, una camada de gatos y algunos perros callejeros. Se alimentan de los restos de un restaurante y calman su sed en charcos perpetuos porque el sol no entra en él para evaporarlos. Dormitorio eventual de mendigos que buscan un lugar donde la luz no visibilice su indigencia. Un lugar alimentado de sombras donde pasar desapercibidos.  Huyen de ojos que no quieren ver miserias. Allí, una pequeña desharrapada de cuerpo menudo comparte residencia con sus habitantes.Se esconde entre los contenedores donde echa los desperdicios un opulento restaurante del casco viejo.
Apenas recuerda como acabó allí, en una ciudad de voces que no entendía.   Una turba aterrorizada la arrancó de las manos seguras de su madre.  Zarandeada de un lado a otro, acabó en un olvidadero de niños que gritaban en lenguas confusas. Escapó huyendo de la violencia que el hambre genera. Se esconde porque no quiere volver a ese infierno. Decidió callar y el silencio la enmudeció.  Olvidó su nombre, el sonido de su voz y su lengua materna. El recuerdo de su lugar de origen le llega frío, cortante y en ráfagas como el efecto del viento en un túnel.  No quiere dormir, si cierra los ojos, sus oídos se abren y a su sueño le acompaña el terror del silbido que precede a la destrucción.

Allí, entre los contenedores, espera los desechos del restaurante para poder saciar el hambre.  Ese callejón le proporciona invisibilidad, comida y bebida como al resto de sus habitantes. Hoy hubo suerte, un tesoro en forma de migajas de pastel de chocolate cayó en sus manos.  Lo comienza a engullir en estado de alerta. Atenta a cualquier sonido que le indique el peligro de un temido retorno al olvidadero, escucha el maullido lastimoso de un gato, y observa como el animal se acerca renqueando; huele su rico manjar.  El pobre no está mucho mejor que ella.  Arrastra una pata y le falta el pelo de la cabeza, algunas costras resecas cubren su lomo en el que se dibujan sus costillas.  El pobre animal apenas tiene fuerzas para acercarse más. La pequeña tensa el cuerpo dispuesta a defender su tesoro.  Pero algo en ella le hace cambiar de actitud y le tiende una miguita del pastel con precaución.   El gato ronronea sin fuerzas, ignora la mano y con gran esfuerzo, se sube a su regazo buscando acomodo y se queda en él.  La pequeña no sabe qué hacer.  Enternecida insiste en dar de comer al pobre bicho, pero el gato rechaza el manjar, sólo emite un triste y quedo lamento semejante al de un bebé. El llanto le trae un lejano recuerdo que la entristece. La tensión del miedo desaparece para sentirse tan agotada que comienza a llorar con él.Abandona los restos de la comida en el suelo y se arrebulla con el gato buscando calor. Su callejón protector es ahora más frío y húmedo que nunca, echa de menos a su madre, su voz, la luz y el calor del sol.  Ambos se dejan llevar por la somnolencia y se quedan dormidos en un sueño reconfortante del que no volverán a despertar.