domingo, 21 de febrero de 2016

TRINQUETA



Desapareció “el poder de tres”. Las hermanas abandonaron la lucha y ahora los demonios recorren las calles con libertad. Solo la casa permanece libre de ellos.

Una cara asoma por la ventana de la planta baja. Mira con tristeza el exterior. Nada puede entrar en la casa. Está a salvo. Pero nada puede salir de ella. Ni hoy ni nunca. Por toda la eternidad.

COMEZÓN



Despertaban poco a poco, tras mil años dormitando. No eran Ents, aunque pudiera ser lo más parecido que una mente humana imaginara. Las ramas del más antiguo se sacudieron levemente, cuando su mente bostezó. Sentía comezón, picor, irritación... así que hizo que su savia se acelerara. La respuesta llegó desde las raíces, de ahí la comezón insoportable. Envió toda su fuerza al extremo de las innumerables ramas y hojas y gritó terriblemente, despertando a los demás hermanos verdes:
—¡Tenemos parásitos!

LINAJE



—Y esta es la vieja casa familiar, ¿bonita, eh?
—Mucho... ¿Y ahí es desde donde os controla el patriarca familiar? ¿O es matriarca?
—¿Eh?
—¿Es muy malvado? ¿En qué negocios está metido? ¿Con qué familiares tiene problemas?
—¿Perdón?
—¿Y familiares sorpresa? ¿Cuántos tenéis al año?
—¡Pero, ¿qué dem...?!
—¿Secuestros? ¿Muertes? ¿Resurrecciones?
—¡En serio, a ver si dejas de ver series tipo Dallas, Dinastía, y Falcon Crest, y te buscas un buen psiquiatra, que lo necesitas!
—¿Y me dejaréis ser el personaje con problemas mentales?

—¡Argh!

LA CUEVA Y EL COLCAJO


—Si tuviera que limpiarla, no la hubiera comprado tan grande, que eso nos lleva a la servidumbre del colgajo...
—Abuela, no empecemos a ser malhablada. Al fin y al cabo, vamos a presentar nuestros respetos tras su muerte.
La mujer, envuelta en un mantón negro, refunfuñó algo parecido a que ya pensaba que olvidó algún ingrediente y repentinamente dejó de murmurar.
La nieta de la mujer arrugada y doblada pasó su brazo por los hombros gastados y la miró con cariño, mientras se acercaban a su fachada principal. La anciana se detuvo y escupió hacia la casa con rencor.
—Podría ser nuestra, niña, ¡podría haberlo sido! Pero esa bruja escandinava, en el infierno esté, me ganó en la Cueva y todos estos años he tenido que soportar mucho a su servicio, en esta casa, maldita y maldecida por mí más veces que estrellas he podido contar en las noches sin dormir.
—El tiempo ha pasado, abuela, deberías olvidarle ya. Al final resultó ser un tirano y la nórdica (o de donde fuera) no llevó una vida agradable a su lado. Es un viejo amargado y solo...eso ya es suficiente maldición, creo yo.
La voz cascada rio al escuchar a la joven de su linaje y le dijo en voz baja, ya muy cerca de la entrada:

—¿Quién iba a imaginar que él era inmune a las pociones?

MORIRÉ DE NUEVO


Yo le dije a "la Rocío" que me dejara en un buen lugar. Quería ver el acantilado y el faro de mis desvelos en vida. Y ella, obediente, me enterró en la punta de la agreste montaña.
Todas las mañanas escuchaba el romper las olas contra las rocas. Bajo mis pies sentía la húmeda tierra y abrazaba con mis largas uñas a los pequeños y blanquecinos gusanillos que correteaban en mi cuerpo putrefacto y húmedo de bilis y esencias varias. Los sentía ascender por mi cuerpo muerto hasta sentirlos en las cuencas de mis ojos y hurgar en mi cerebro descompuesto.
"La Rocío" venía todos los sábados a regarme con mimo. La escuchaba gemir y rezar no sé cuales oraciones a no sé quién de allá en los cielos vacíos. Yo movía mis ramas alegre para que se percatara de mi presencia y observaba como alguna hoja, ya marchita, caía desde mi copa y se le enredaba en su pelo. Ella la agarraba con cariño y la olía, y se la guardaba entre las hojas del libro que traía para leer apoyada en mi "troncoespalda" durante un tiempo que se me hacía corto.........


..........Hace tiempo que ya no veo a "la Rocío". La echo de menos. No viene nadie a visitarme y no atisbo el mar desde mi cúspide. He crecido a lo alto para conseguir salvar el escollo que me han colocado delante. Pero esa mole de piedra blanca es más alta que mi poder de árbol. Unos niños juegan al "pillapilla" alrededor de mi cuerpo.
Como en esta soledad infinita solo puedo pensar y recordar momentos antiguos, he llegado a una terrible conclusión. Un final que nunca deseé en vida.
Moriré de nuevo, tras engordar mi tronco. Cuando sea grueso, tan grueso que mi peso derribe esa casa; moriré de nuevo, y me arrojaré al mar que fue mi tumba en otra vida, llevándome por delante esa horrible construcción humana que ha cerrado mis ojos a mi pasado marino.

jueves, 11 de febrero de 2016

CASA DE MUÑECAS



La ambulancia volaba. La sirena atronaba por una avenida de casas grandes que habían conocido tiempos mejores. Caserones que poco a poco fueron abandonados por sus moradores o muriendo con ellos, ya quedaban muy pocos habitados. Las decrépitas mansiones daban tranquilidad a los caducos y escasos ocupantes del barrio.

La llamada a la central era clara. Alguien se encontraba en "parada" y era urgente conseguirle atención médica.  Víctor, el médico, y sus dos técnicos sanitarios cruzaron el abandonado jardín de la entrada. Penetraron en la casa deprisa, acarreaban el material médico buscando a la persona afectada.  Víctor preguntó de forma apremiante a la mujer que les había abierto la puerta, dónde se encontraba el enfermo.  Apenas captó, de refilón, los colores chillones del estampado de una bata brillante, que reflejaba la tenue luz de una bombilla solitaria. Las palabras de la mujer sonaban arrastradas e inconexas indicando el piso superior. Algunas sombras huidizas se movían detrás de ella. Víctor subió las escaleras de dos en dos. En lo alto de la escalera una cría con el rostro húmedo por las lágrimas le indicó el fondo del pasillo de la derecha.  En ese momento algo le turbó, pero la necesidad de atender la urgencia le hizo rechazar el desasosiego.  El pasillo largo apenas tenía luz, media docena de puertas a ambos lados, solo susurros y el sonido lejano de una antigua gramola, salían de ellas.  Al fondo otra mujer cubría su desnudez con un viejo mantón y abrazaba con fuerza a una pequeña que lloraba desconsolada.  Le hacía gestos indicándole el interior de la última habitación.  En un par de zancadas llegaron los tres y entraron apresuradamente. De forma competente comenzaron a atender el cuerpo desmadejado e inconsciente de otra joven.  Víctor tomó sus constantes vitales e intentó captar algo de vida en el cuerpo de una niña de unos once años. No era capaz de valorar su edad, el maquillaje de su cara le daba el aspecto de una joven adulta, pero su desnudez era el de una chiquilla que apenas había alcanzado la pubertad.  En esa cama de sábanas revueltas solo quedaba un cuerpo frío sobre una mancha espesa con el olor metálico de la sangre seca. La realidad sacudió a Víctor con sus ojos fijos en el lecho.  Volvió la turbación y el desasosiego cuando recordó a la niña del final de la escalera y la vio, de nuevo, medio desnuda, maquillada como una máscara. Al igual que a la pequeña de la puerta con la pintura de los ojos recorriéndole el rostro por el llanto. En un segundo todo tomó sentido y supo donde se encontraba. Estaba mirando la muerte de una muñeca, en una casa de muñecas.

martes, 9 de febrero de 2016

DE UN VERDE INTENSO


Como en un sueño huyo a esa realidad de colores verdes intensos dónde la polución y el ruido no me persigan.  Escapo a algún lugar que me recuerde esa naturaleza que no veo por esa ventana sin cielo, de colores grises y líneas rectas que atrapan a la gente en cajas uniformes. Rectángulos que te transportan de un cubículo a otro sin ver la esencia de algo vivo y salvaje.  Cierro los ojos para ver sauces llorar cataratas, mientras vuelan buscando otro lugar que habitar.  Me escabullo entre las esquinas de mi caja para anidar en huecos de troncos que den calor. Aprieto los ojos fuerte, muy fuerte. No quiero volver a esta realidad gris.  Quiero quedarme en mi árbol, desde sus ramas puedo ver lejos, muy lejos, y abrigarme con sus hojas oliendo la humedad, empaparme en su llanto, bañarme en él y después vestirme de verde intenso.