miércoles, 28 de mayo de 2014

DE CORAZÓN A CEREBRO



Hasta aquí hemos llegado querido amigo. Llevo toda la vida haciéndote caso y, seamos sinceros, no me ha ido nada bien. Acuérdate por ejemplo de Francisco, o de Juan, o de Luis. Eran perfectos, con trabajo, de buena familia y me esperaba un futuro con ellos, pero ¿qué pasó? pues que faltaba la chispa, me faltaba sentir algo con ellos. Fracasos amorosos uno tras otro y al final el que sufre soy yo. Sé que vales mucho y eres competente para muchas cosas pero, a partir de ahora, en temas del amor mando yo. 

NUNCA TE DEJES EL SOMBRERO EN CASA


Ernesto estaba trabajando cuando llegó su jefe.
- Buenos días – saludó éste quitándose el sombrero.
- Mierda – pensó al recordar que había olvidado el suyo en el perchero de casa.
Le empezaron a sudar las manos, durante unos segundos, ni una palabra acudía a su boca, hasta que tuvo una idea:
- Buenos días – dijo quitándose la cabeza y volviéndola a colocar en su sitio.
Ante los ojos desorbitados de su jefe contestó a modo de excusa:
- Lo siento, me he dejado mi sombrero en casa – y siguió trabajando.
FOTO PROPIEDAD DEL ESCRITOR ESTEBAN NAVARRO

FOTO DE LA SEMANA DEL 27 DE MAYO AL 2 DE JUNIO DE 2014

lunes, 26 de mayo de 2014

DE CAMINO

De camino...
Bajabas sin mirar atrás para llegar a la playa. La pendiente hacía acelerar tus pasos obligándote a enterrar tus pies en la fina arena. En el horizonte el sol caía rendido por un largo día de calor y tranquilidad. La brisa tocaba tu cara erizándote los pelos de la nuca y arrancándote una sonrisa. Recuerdas a tu hijo, a tu marido y al resto de tu familia que aparecían de forma fantasmal a lo largo del recorrido. Algo te empujaba, sin perder el equilibrio, a la orilla del mar. Te quedaban bastantes pasos para tocar el agua, cuando te diste la vuelta y viste, al principio del camino que acababas de recorrer, una columna de humo y el sonido de la sirena de una ambulancia.
Estabas en la playa de los muertos, de camino a la no vida... zambulléndote...

EL OBERVADOR

La tormenta rugía sobre el mar  a lo lejos y, aunque se veían los rayos iluminar el cielo de la noche, en tierra todavía reinaba la calma. La temperatura cálida y la brisa suave no anunciaban lo que estaba por llegar.
Como cada noche de tormenta veraniega cogía el camino hacia la playa. Los postes de madera, atados entre sí con viejas maromas, delimitan una senda marcada, descendente, suave, de arena fina y cálida, que ella hacía descalza las noches en las que los temporales formaban en alta mar.
Esos momentos nocturnales era cuando le gustaba bajar por el sendero; despacio, deleitándose en el paseo, en la calidez del verano, para bañarse en las aún aguas calmas de esas horas de la noche.  Una cierta luminosidad dejaba ver con claridad los contornos del paisaje y enmarcaba las negras nubes de la tormenta, que aunque en alta mar, se acercaba rápida, cabalgando sobre olas.  Olas que emitían lucecitas plateadas como estrellas brillantes sobre el mar, ondas rizadas por la brisa en la superficie del agua, dándoles aspecto de puntillas blancas como delicados encajes.  En ese entorno, ella bajaba por el sendero como una sonámbula, andaba sobre la cadencia de sus caderas, con un ritmo que lo hipnotizaba.
Él la observaba desde las dunas, sabía que en esas noches veraniegas de luna llena y tormenta, acostumbraba a bañarse.  La veía llegar a la orilla,  como se desprendía de su camisola blanca, que dejaba en la orilla de forma descuidada, y como,  pasito a pasito, despacio, entraba en el mar.  Tan despacio, que apenas se movía el agua, ni se formaban ondas alrededor de ella.  Era un momento en el que, todo alrededor de ella se paraba, el tiempo, las olas, el viento. Todo se detenía, toda la playa contenía el aliento, incluso él no respiraba.  Intuía y esperaba, ese momento en el que el agua marina humedecería la piel de ella, con un leve chasquido, al sumergirse en las aguas.   Sus largas piernas se transformarían y aparecería su aleta caudal, se transformaría en la sirena que era. La observaría bañarse de forma lánguida, jugar con las olas, la luz de la luna le robaría la plata a su cola, que destellaba con cada rayo de la aún lejana tormenta. 
Era la mujer que vivía en la cabaña junto a las dunas, justo al final del malecón donde él dejaba su barca. Una sirena. El la observaba y callaba no fuera a espantarla.


jueves, 22 de mayo de 2014

LA BÚSQUEDA 2

El abuelo me contó la historia del Milagro y me aseguró que se había hundido no muy lejos de nuestra casa, así que esa noche salí a comprobarlo. Cogí una linterna y me dirigí a la cala. Desde ella podría ver el barco... si realmente aparecía. Al llegar allí me sentí un poco tonto, pero hacía una noche tan agradable que decidí disfrutar de ella. Llevaba un buen rato mirando al mar cuando me pareció ver una sombra sobre el agua. Una nube caprichosa ocultó en ese momento la luna y tuve que forzar la vista para descubrir qué era aquello. Aún esperando su aparición no pude evitar maravillarme de la visión del bergantín surcando las aguas. Y allí, en el puente de mando, el capitán del Milagro y la capitana del Delfín unidos en un eterno abrazo. Sus ojos me miraron y sentí una profunda tristeza y, a la vez, la alegría de saber que el amor puede vencer a la muerte.

miércoles, 21 de mayo de 2014

EN EL MAR

El viejo Eustaquio murió, como tantos otros miles y millones de personas, sin haber visto nunca el mar. Sin haber sentido el aroma salitre de la costa, sin haber bañado sus pies en la espuma que las olas traen a la orilla, sin haber podido admirar la majestuosidad de un paisaje dominado por el horizonte inalcanzable. El viejo Eustaquio murió sin conocer el mar; tal vez por eso no debería parecer contradictorio que su última voluntad fuera, precisamente, que esparciesen en él sus cenizas.