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miércoles, 21 de mayo de 2014

EN EL MAR

El viejo Eustaquio murió, como tantos otros miles y millones de personas, sin haber visto nunca el mar. Sin haber sentido el aroma salitre de la costa, sin haber bañado sus pies en la espuma que las olas traen a la orilla, sin haber podido admirar la majestuosidad de un paisaje dominado por el horizonte inalcanzable. El viejo Eustaquio murió sin conocer el mar; tal vez por eso no debería parecer contradictorio que su última voluntad fuera, precisamente, que esparciesen en él sus cenizas.

lunes, 12 de mayo de 2014

BRONCO

Me lo dijo mi amiga Nuria, poniéndose muy chulita: -Si sacas a pasear a Bronco y se moja con agua de lluvia se convertirá en un tigre de verdad. Lo he leído en un libro secreto de magia que me regaló mi abuela. Esta tarde, cuando más llovía y mientras mi madre estaba entretenida hablando por teléfono, he bajado con él a la calle. Nos hemos mojado hasta empaparnos, pero Bronco sigue siendo el muñeco de peluche que me trajeron los Reyes hace dos años. Estoy contenta, creo que lo prefiero así. Nunca pasará hambre ni sed, no podrá enfermar ni le atropellará ningún camión o le comerá un dinosaurio; quiero que me esté conmigo el resto de mi vida. Porque le quiero.

sábado, 10 de mayo de 2014

LAS VIUDAS

Mientras Francine se entretenía jugando con su cubo y la arena del parque, la viuda Laurent departía discretamente con su amiga, la viuda Renard. - Has de presentarme a tu abogado, Madeleine. Nunca habría imaginado que un hombre tan ordenado y detallista como Bastien no dejase hecho testamento. - Mira que te lo advertí, Chantal, recuerda que te dije “es preciso cuidar los detalles”. Pero como eres tan estúpida vas y olvidas el más importante. Puedes ir despidiéndote de la fortuna de tu marido. - ¡No me digas eso, Madeleine! Creo que se me está poniendo mal cuerpo. Dame el nombre y la dirección de ese leguleyo, te lo suplico. - Ningún picapleitos de París podrá ayudarte, pequeña zorra. Bastien me lo dejó todo a mí, tengo un documento privado firmado en el bufete del Licenciado Leclerc, con Madeimoselle Garnier como testigo. Gracias por seguir mis instrucciones y deshacerte de tu marido y mi amante. La verdad es que, tal y como me confesabas, en la cama dejaba mucho que desear, cariño.

viernes, 20 de diciembre de 2013

EL ATURRULLAMIENTO

Juraría que la llevaba dentro del bolso. ¿Cómo puedo haberla perdido? ¡Dios mío, si este rímel no es mío! Y este pintalabios… ¡Vaya color horroroso! ¿Y esta cartera? ¡Mierda! ¡Pero si este no es mi bolso, éste es de Chanel! Ya sé: en la cafetería, cuando me he sentado al lado de esa rubia. Al irme me he aturullado y he cogido el suyo en lugar del mío. ¡Joder, si lleva pasta la tía! Y cinco tarjetas de crédito. Se llama Susana. Pues que te den, Susana. Lo siento por ti, querida, no te asustes cuando veas la mano de Agustín. Puedes tirarla en cualquier sitio, es lo último que me quedaba de él.

viernes, 6 de diciembre de 2013

C'EST FINI

-Ahí, muy bien, perfecto, junto a las estatuas de las diosas. Quédate quieta y sonríe mi amor… -Mamá, me quiero ir a casa. -Estate calladita. Sonríe un instante. -Mamá, tengo miedo. -Para de una vez, mi vida. Una foto y c’est fini. Di “whisky”. -Mamá, vámonos ya. ¡Hay un monstruo a tu espalda! -Pero qué bromista eres. ¡¡¡AAAAAAAAAAAAAAGGGGGGGGGGGGG!!!

sábado, 30 de noviembre de 2013

EL STAR-SYSTEM

Brenda era una cantante famosa, aunque no lo bastante para pasar a la historia. Yo, su enésima pareja, un infeliz músico con ansias de éxito y dinero, no precisamente por ese orden. Estaba obsesionada por convertirse en una leyenda, lo que en su opinión exigía una muerte dramática y, además, prematura. Cuando me propuso suicidarnos juntos, noticia que debería acaparar las primeras planas de los periódicos y televisiones de todo el mundo durante los días y semanas siguientes, no solo evité disuadirla sino que bendije su idea. -Vamos a convertirnos en nuevas víctimas del star-system; tras tu muerte serás adorado por las mujeres de todo el mundo -me aseguró. En el instante en que saltó desde la decimoséptima planta del Hilton saqué la cámara y tomé la fotografía que me ha hecho millonario, su última foto: estaba dos pisos más abajo y sus manos iban resbalando por el saliente del edificio. Recuerdo cómo me miraba, incrédula, musitando las palabras maldito cabrón.