domingo, 8 de mayo de 2016
LA CURIOSIDAD
(TEXTO ENCONTRADO EN LA CUEVA DEL ERMITAÑO)
....La ciénaga se internaba en el umbrío bosque. Aquellos ignorantes hombres desconocían hacia dónde se dirigían. Solo iluminados por un candil, la mortecina luz de una luna llena los guiaba, impidiendo que su barca chocara con los árboles muertos. Su curiosidad y ansia de conocimiento de lo desconocido los adentraba en zonas peligrosas, nunca imaginadas por ellos ni en las peores pesadillas de niños.
La luna salía y se escondía, jugueteando entre las nubes. Observaba como los inseguros humanos continuaban navegando hacia una muerte segura.
Y las nubes sonrieron cuando, al final del trayecto, la barca quedó atascada entre los grumos de un barro podrido, frenando en seco su cansino avance.
Uno de ellos cayó a las aguas muertas. Ni un gemido surgió de su boca. El hombre quedó muerto en el acto, derretido por un barro que se alimentó de sus sabrosas vísceras.
Los demás, mudos de espanto, quisieron regresar pero la barca se hundía lentamente sin dejarles escapatoria alguna.
Solo un joven pudo salir con vida de aquella atroz aventura. Se encaramó en las ramas de un árbol muerto y, como si de un mono se tratara, escapó del bosque saltando de rama en rama....
AVISO A QUIEN LEA ESTE PERGAMINO
No vayan al pantano de las moscas rojas. Nunca se adentren en la ciénaga del bosque. Allí viven los que ya no existen. Se alimentan de nuestras sombras.
Zaragoza. 5-05-2016
"Hoy el Ebro baja tranquilo. Hemos preparado la balsa como lo hicieran nuestros antiguos. Unos troncos atados con gruesas cuerdas. Nos hemos vestido como ellos. Mis alpargatas blancas relucen a la luz de la luna. Las estreno esta noche.
Nos adentraremos en el meandro. Debemos llegar al pantano de las moscas rojas. Desde que encontramos al ermitaño seco en su cueva, no hemos dejado de soñar con árboles muertos.
Es hora de terminar con la leyenda y abrir el paraje al turismo"
Eric, el guía.
Zaragoza. 10-05-2016
BREVE NOTA DE PRENSA EN EL HERALDO
"Continúa la búsqueda de los desaparecidos en el descenso de navatas del Ebro. 6 hombres, incluido el guía de la excursión, se adentraron en el meandro. Se sabe que su rastro se perdió en Los Galachos. Los bomberos y la UME no cejarán en la búsqueda hasta encontrarlos"
En lo alto de una roca, lejos del ruido de la gran ciudad, un ermitaño muy anciano contempla la zodiac que se interna entre la maleza. Varios bomberos voluntarios reman. Uno porta una linterna de led.
"Y allá que van", piensa, "Estos curiosos humanos, ¿cuántos muertos necesitan para dejar de curiosear en lo desconocido de la Tierra?"
miércoles, 4 de mayo de 2016
UN HÉROE INESPERADO
A pesar de estar bajo las aguas y en medio de la oscuridad
reinante, la gema brillaba tanto como a plena luz, tratando de atraer a los
incautos viajeros que atravesaban las marismas; sentía cómo se aproximaban
lentamente a su posición. Seguramente os preguntaréis cómo un objeto inanimado
podía "sentir" algo, pero hay que tener en cuenta
que la gema no era un simple objeto inanimado, en ella latía toda la maldad del
consejo de arquemagos, un grupo de poderosos magos antisociales que soñaba con
destruir el mundo; pero a largo plazo, por si acaso.
Todo seguiría como ellos habían planeado; uno de los
incautos de la barca vería el resplandor, y rescataría la gema, el resto
desearía poseerla, y se enfrentarían a muerte. Y así, poco a poco, iría pasando
de manos ensangrentadas a otras manos ensangrentadas, absorbiendo la malicia de
la gente, hasta que estuviera lo suficientemente cargada como para poder acabar
con todo.
Pero de pronto, algo chocó con la gema; desequilibrada, se
hundió por su propio peso, apagada bajo las negras aguas, hasta que llegó al
fondo, sepultada en el barrizal por el paso de indiferentes animales abisales.
Y allí permanecería olvidada incluso por sus propios creadores, perdiendo la
magia imbuida en ella, y reducida al fin a una simple gema.
Y todo por un pececillo despistado que pasaba por allí; no
todos los héroes tienen nombre...
miércoles, 27 de abril de 2016
EL GATO SIN SOMBRA
La niña lloraba desconsoladamente; ni siquiera los inocentes
juegos de su hermanita le hacían sonreír. Y es que ya habían pasado demasiados
días desde que su querida mascota, su adorada gatita, desapareciera sin dejar
rastro.
Ajena a las lágrimas de la chiquilla, la gata dormitaba
tranquila. No entendía el dolor de su amita, de la misma manera que tampoco
comprendía los sustos que se llevaban el pescadero y el lechero, cuando se les
acercaba; ni sabía tampoco que su propia existencia había llevado a una persona
a la locura, en otra parte de Londres, ni que había sido la protagonista de uno
de los más osados experimentos de la ciencia.
Nada había variado la vida de la única gata invisible del
mundo.
sábado, 23 de abril de 2016
NO ENTIENDO A ESTAS HUMANAS
No entiendo a estas humanas. Allí están las dos, siempre, ensimismadas en sus mundos privados. Una se come las flores que ha robado del árbol de la vecina. La otra llora, agarrada a sus rodillas. ¿Qué pensará? Si es todavía una niña... Debería estar jugando con muñecas o saltando a la cuerda.
La rubia es más lista. Su mente vuela. Imagina que es un pétalo rosa que vuela con el aire y viaja hasta las nubes. Desde allí contempla su mundo, ese que le asusta. No quiere estar allí. Le gustaría convertirse en rama. Sueña con ser una humilde flor aún sabiendo que su vida sería efímera y corta.
Me gustaría jugar con ellas, pero la última vez que me acerqué, la que llora me arrojó piedras y tuve que huir con el rabo entre las patas, como gato cobarde que soy.
Con la otra fue todavía peor. Me agarró del rabo y, su fantasiosa mente, me imaginó convertido en una cometa gatuna. Intentó que mi orondo cuerpo surcara los cielos. Caí en el estanque. Desde ese día la odio.
No entiendo a estas humanas. ¿Por qué no juegan a la rayuela? Me gusta mirarlas mientras sueñan.
domingo, 17 de abril de 2016
¿VIDA?
Se pasó más de media vida colgada al teléfono. Su infierno fue no tener otra que responder a consultas de otros, mientras ella no pudo viajar, ni disfrutar, ni comer, ni vivir...
Cuando murió, en su lecho de muerte pidió que no la desconectaran de los cables que la unían a esa realidad virtual que había sido su vida.
En la caja reposaba, muerta. Sus ojos vidriosos, ya opacos y de mirada vacía, ocultaban un secreto. El cable que surgía de su oreja seguía conectado al ordenador general de su empresa.
Una vez confirmada la muerte clínica, su cerebro se vació. Su vida terrenal terminó pero no así su mente. Voló convertida en bites hasta colarse en los entresijos de un cpu colosal y viajó por interminales canales digitales, colándose en las vidas ajenas.
Robó deseos y disfrutó de todo aquello que le fue robado en vida a través de todos los cables de teléfono que aún quedaban conectados en el planeta Tierra.
MADRE
—Madre, ¿estás despierta?
Esa frase retumbaba incansable a su alrededor, pero no sabía
si se dirigía a ella. Ojalá alguien contestara, era un martilleo incesante...
El ingeniero movió la cabeza dubitativamente y miró al
vigilante sin decir nada; habían intentado ya todas las maneras posibles
despertar a Madre, sin resultado alguno. Vigilante formuló la pregunta de
nuevo, con un matiz desesperado en su voz, si eso era posible. No concebía la
existencia sin ella.
Al fin parecía que menguaba, ese murmullo molesto, y Madre
volvió a su rumbo entre las estrellas.
En la Odisseus, todos estaban condenados a un viaje sin
futuro. Llegaría un momento en el tiempo en que la hibernación fallara para los
seres que la habitaban, pues hasta las máquinas llegan a la vejez. Vigilante
pensó en aquello y mucho más, en su cerebro de sinapsis lumínica, y por primera
vez experimentó eso que llamaban soledad.
Sorprendió al humano junto a él, al preguntar por última
vez:
—Madre, ¿por qué me has abandonado?
FOTO DUPLICADA
La copia de la foto que
llevaba en mi cartera estaba tan deteriorada por el roce y el paso de los años
que la imagen aparecía difuminada y sus bordes ajados. Después de pensarlo mucho decidí buscar los
negativos y realizar otra copia. No
quería olvidar su rostro. Desde
su muerte a tan temprana edad, su imagen
se iba desvaneciendo de mi memoria.
Busqué en ese cuarto
infantil de muebles y estanterías polvorientas, abandonado desde hacía
dieciséis años. Al fin, en el fondo de
un cajón, encontré los
negativos. Eran las fotos en las que capturamos, detenidos en el tiempo, sus
primeros pasos. En ellas aparecía mi hija con apenas veinte
meses sobre una hierba de un color verde,
tan intenso e irreal, que parecía pintada con rotuladores
brillantes. Una nube de algodones de dientes de león revoloteaba alrededor de sus
cabellos rubios dándole un aspecto mágico a la escena. Nuestra pequeña
nos regalaba esa sonrisa infantil que desarma, esa mirada inocente que sólo poseen
a esa edad. No abrí el sobre cuando fui
a recogerlas, quería verlas a solas, recrearme en el dolor de la pérdida y
revivir los recuerdos de aquel día yo sólo.
María había oído el
ruido de la puerta al cerrarse. Sabía
que su marido habría llegado con las copias de las fotos. Ella le había pedido que no las revelara,
pero agotada ante su insistencia,
había cedido y quería volver a verlas. Quizás
él tuviera razón. Los dos habían superado su adicción al
alcohol y debían continuar cerrando heridas.
Se dirigió al despacho
en su búsqueda. Cuando entró apresurada lo vio, y el dolor volvió a rasgarle
las tripas. Su marido estaba hundido en su sillón, con los ojos abiertos y la
mirada perdida, inmóvil, posando ante la muerte. En el suelo, la foto de una joven rubia, rodeada de una nube
de dientes de león, se encontraba en un prado de hierba de un repugnante verde
intenso, desde dónde les dedicaba una mirada oscura de inmensa furia.Entonces
lo supo, supo que su pequeña había crecido y no les había perdonado que la
olvidaran en el coche al sol en el parking de aquel bar de carretera.
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